lunes, mayo 05, 2008

Sin palabras

(*) Cuando niño me propuse no leer el resto de mi vida. La costumbre de un pariente que leía con voracidad hasta los prospectos de los medicamentos influyó en esa absurda decisión pues, con infantil acierto, deduje que una persona con esa costumbre estaba muy enferma. Pero también contó un precoz espíritu de rentista, ya que me parecía la mejor inversión para disponer de tiempo libre, para poder perderlo, por supuesto, que es la única prueba de que se tiene. Fui creciendo sin mayores contratiempos que el alivio de la expulsión del Bachillerato, una ampliación de capital que aumentaba el bien tan preciado del tiempo libre. Enseguida llegó la ocasión de cumplir uno de mis propósitos juveniles: liberar los días de sus conmemoraciones culturales, disfrutando del inmenso regalo que era ignorar las ferias del libro, tanto la de novedades como la de lance, que me parecían el estreno y reestreno de la misma servidumbre. Elegí un deporte coherente con mi renuncia libresca, la lucha libre, ya que sus programas de mano eran escuetos y apenas había literatura a su alrededor que distrajera del espectáculo.

Todo transcurría apaciblemente hasta que un revés de la esquiva fortuna en esa adolescencia social que fueron los felices 80 me obligó a buscar trabajo. Por entonces ya era un asiduo de las veladas de lucha libre que se celebraban en plazas de toros portátiles y cabezas de partido olvidadas por las autonomías, cuando no de manera clandestina –que eran las buenas- pues su época de esplendor en los 50 y 60 había pasado. Allí hice amistad con El Samán Tropical, un luchador de origen y nostalgia cubana venido a menos porque su afición por los libros menguaba su natural agresividad. Estudiaba las posturas del rival como un entomólogo las patas de un escarabajo y para cuando las había reducido a una taxonomía de ocasión ya estaba tendido sobre la lona. Era digno de ver cómo devoraba las novelas de Marcial Lafuente Estefanía en el vestuario, soltando sentencias entre linimentos, miradas asesinas de sus compañeros y furtivas de algún pretendiente. A las que no sucumbió, que la literatura había reforzado su virtud. Para resolver el percance laboral me hice apoderado de El Samán, quien completaba su cultura llevando un puntual diario en el que escribía las más rocambolescas observaciones con unas faltas de ortografía del tamaño de su querido cuadrilátero. Entre ellas un contundente “Para qué escribir”. Sin ser leninista era intuitivo y razonaba con mérito sobre la condena a la escritura que acecha a todo lector. Mi mecenazgo de El Samán ponía en peligro por contagio la temprana decisión de convertirme en un hombre de provecho. Una nueva amenaza, la escritura, se cernía sobre mi incierto temple. La caída estaba anunciada y con el tiempo ese cúmulo de casualidades que es el destino me trajo a este Nickjournal, viéndome ahora cual galeote condenado a escribir con frecuencia, sin renta y sin saber de qué, salvo de no escribir.

La solución a la indiferencia asegurada vino una vez más de la manaza de El Samán. En el cuaderno de hule sobado que acogía con resignación y una goma sudada sus diarios repletos de manchas encontré una pista sobre el testamento que sellaba la renuncia a la actividad literaria por parte de un tal Hugo Von Hofmannsthal. Paradójica justificación a lo Sísifo de ese retiro definitivo porque lo hacía escribiendo una ficticia Carta que un supuesto Lord Chandos dirigió en 1603 a Francis Bacon. El motivo de la carta era disculparse ante este amigo por su dimisión literaria: “Todo se me desintegraba en partes, las partes otra vez en partes, y nada se dejaba ya abarcar con un concepto. Las palabras aisladas flotaban alrededor de mí; cuajaban en ojos que me miraban fijamente y de los que no puedo apartar la vista: son remolinos a los que me da vértigo asomarme, que giran sin cesar y a través de los cuales se llega al vacío”. El motivo del testamento literario de Von Hofmannsthal era que se había quedado sin palabras, como los antiguos pasatiempos del TBO, que ya no podía explicar el mundo con ellas por "haber perdido por completo la capacidad de pensar o hablar coherentemente sobre cosa ninguna", encontrando que "todos los juicios son dudosos, inconsistentes, falsos e indemostrables". A estos desvaríos lleva el mucho leer y a ese viaje con sus pesadas alforjas renuncié de niño, aunque El Samán encontró cómo sacarles provecho. Vaya por él, que me da de comer y de escribir.

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lunes, marzo 17, 2008

Sólo el recuerdo no cambia

(*) Llevaba años sin verlo, de ésos que se deforman a fuerza de amontonarse y ya no se cuentan. Me lo encontré en su bar de siempre, ahora llamado El Rey de Oros, frente a la estación y la plaza de toros, uno que cambiaba de dueños, aspecto, nombre y clientes cada dos por tres. Mario era el único parroquiano superviviente del local, más que del bar, y estaba varado en su esquina habitual de la barra, con su flanco derecho atrincherado por una máquina de premio y el izquierdo cubierto por su mirada de reojo indiferente, cerrando el paso al asalto de cualquier desconocido. Con la hosquedad siempre en guardia, pues aquel lugar se había convertido en un tráfico incesante de viajeros, inmigrantes, trileros y policías municipales, todos de consumo rápido y expulsados por la insípida hostilidad del local. A retaguardia tenía la sección de máquinas de premio, tras una doble puerta batiente que amparaba a amas de casa y jubilados jugándose el vacío y moros y parados el jornal.

Contaba poco de su vida. Había hecho la mili en la campaña de Ifni, enviado en un pelotón de castigo por haber protestado por la comida en el regimiento de regulares de Melilla que le había tocado en desgracia. Decía que la sed sabe a hierro y es espesa como una bola de pescado seco y que su principal recuerdo era el sonido sordo que hacían las ampollas de los pies al reventarlas. Que iban con alpargatas y a los moros les llamaban pacos por el ruido –paa-cum, gesticulaba con parsimonia- de sus máuser al disparar. Que se tuvo que parapetar tras los cadáveres de dos de ellos durante un día entero porque el fuego cruzado no les dejaba enterrarlos ni huir a Sidi Ifni desde el puesto fronterizo en el que los habían olvidado. Que eran cinco en la loma y tuvieron que huir por la noche entre los matorrales, con uno de ellos y el pánico de todos a cuestas, hasta un aduar que no sabían en manos de quién estaba. Que olía a miseria. Que los oficiales parecían unos caballeros pero comían aparte y tres veces al día, los de artillería en mesas plegables. Que su sargento era una bestia inhumana y robaba lo que podía. Que le costó treinta años saber qué hacían defendiendo esa tierra ajena, áspera e ingrata y lo dio por bien empleado. Con esta exposición de motivos, las cuatro reglas y una recomendación se presentó a unas pruebas para trabajar de casillero en el canódromo al licenciarse.

Ahí le conocí. Se dedicaba a recoger apuestas con una visera de plato recortada por él mismo que le daba una jerarquía soñada. Completaba los cuatro duros del sueldo trapicheando whisky y latas de caviar cuando caía la suerte de algún decomiso y vendiendo botellas de coñac y puros en timbas de poca monta por los alrededores. Sacaba más con la reventa de entradas para la lucha libre y el catch a cuatro, que las de los toros tenían baranda y éste no se andaba con repartos. Se había hecho una pequeña trastienda al fondo de la casilla que parecía la casa de muñecas de un supermercado. De la lucha libre sacó una felicidad de aficionado, el ansia del jugador y una novia que lo volvió loco, una jaquetona espléndida, simpática y sentimental que le dejó al poco tiempo por alguien con más posibles y menos imposibles.

Lo pillo haciendo rayas en el cerco que ha dejado el vaso de cerveza vacío, fundido a la barra y con el periódico en ristre. Me ve entrar, le sale un destello de pasmo en la cara que controla enseguida y me tiende la mano. La emoción se funde en negro, por supuesto.

(…)
- ¿Qué se hizo de Julio-el-herrero?, le pregunto.
- Te lo puedes imaginar. Murió hace años pero dio señales de vida antes de morir. Preguntó por ti y le amargaba que hubieras desaparecido sin decir nada. Lo sintió como una jubilación de golpe, un tajo seco en las historias de la guerra que te contaba. Pero por encima de eso le había llegado al alma que fueras el primero y el último del pueblo en llamar señora a su compañera. Y Aurora te disculpaba. Y le agradecía que hubiera renunciado al nombre de Germinal por no perjudicarla, con lo convencido de la causa que era. Siempre le hizo gracia que ella pudiera jugar a los dos bandos con su nombre. Al principio los nuestros no le perdonaban la cesión, que también era una galantería sin querer, y menos que dejara de ser vegetariano pero el tiempo y el carácter de Julio les fue ganando.
- Y su mala leche.
- La sacaba para defenderse, sólo cuando tenía miedo. Era como un perro, olfateaba al vecino y si le sentía más miedo que a él mismo lo dominaba pero lo respetaba. Pero cuando era al revés se revolvía. Ya sabes que le tocó llevar una vida furtiva pero nunca se escondió de sus obligaciones, aunque a veces soldara sus fallos como las malas herraduras que colocaba.
- No le saquemos más virtudes de muerto que en vida, que algunas gordas ya tenía.
- Nunca faltó a su palabra, dice Mario con la seriedad del cereal que suele.
- Pero si no tenía memoria.
- Por eso protegía su palabra con la lealtad.
(…)

- Y ¿qué es lo que ves desde ese taburete?
- Que los tiempos ya no corren tanto. La estación sigue escupiendo gente pero ahora es más igual y va más de prisa. Creo que van sólo a cambiar de moda.


- ¿Qué andabas leyendo cuando te he encontrado?
- Esto, un cuento de la serie Historias Ejemplares que trae el periódico, sobre el sitio de una ciudad alemana hace muchos siglos: “El emperador Conrado III había puesto cerco a Güelfo, duque de Baviera, y pese a las viles y cobardes compensaciones que se le ofrecieron, no quiso transigir a otras condiciones más suaves que permitir la salida de las mujeres que permanecían asediadas junto al duque, con el honor salvo, a pie y llevando encima lo que pudieran. A éstas se les ocurrió, con magnánimo corazón, cargar a hombros a maridos e hijos, y al duque mismo. El emperador, muy complacido al ver la nobleza de su ánimo, lloró de satisfacción y mitigó la violencia de la enemistad mortal y suprema que había profesado contra el duque; y a partir de entonces los trató humanamente, a él y los suyos.” (1)

- Entretenido, le digo.
- Más que eso -le chispean los ojos por primera vez-, una buena manera de salir a hombros. Se nota que el duque estaba bien puesto en el escalafón, pero nunca he visto a un maletilla salir por la puerta grande por buenos pases que hubiera dado. Y menos a la chepa de su madre.



- Ya me has decorado la biografía. ¿Qué tengo yo que ver con esa gorda? (2)
- Que ambos derrocháis vida como manirrotos y que os habéis mojado mucho.
- Ya, pues sácame de la imprenta y devuélveme al bar.
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(1) Jean Bodin o Bodino, Método para la fácil comprensión de la historia, 1566, citado por Montaigne, Ensayos (Capítulo I: Puede lograrse el fin con distintos medios. Si lo hubiera sabido Mario), Ed. Acantilado, pág. 10.
(2) Fragmento del vídeo de Bill Viola, Océano sin orillas.

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jueves, febrero 21, 2008

Camila

La verdadera diferencia entre el carterista y el descuidero me la enseñó Camila. Era el carácter. En el sabio mundo en blanco y negro de Camila, el descuidero era un sujeto tímido, introvertido, cobarde, un buitre -decía, que se aprovechaba de esas pequeñas dimisiones de los demás que cometían por alegría o cansancio en un mundo, entonces, lleno de confianza entre la gente. Frente a él, el carterista arriesgaba pegándose al incauto, batiéndose con la víctima en un juego de habilidad y jugándose el calabozo; era valiente y cariñoso. Todo hay que decirlo, a esta idealización ayudaba mucho que un carterista bajito, cetrino, moroso y de seductor acento uruguayo, que actuaba en la plaza de toros y las ferias de Navidad de la Alameda con eficaz puntualidad, fuera el cliente más querido por Camila. Puede que su único amante. Y la que hay entre el timador y el trilero, el primero imaginativo y encantador, un caballero para alguien como ella que conoció tan pocos, el segundo implacable en el engaño a los pueblerinos que desembocaban en la estación del Norte. Pero éste llevaba en el pecado la penitencia, decía tajante, porque no se podía fiar ni de sí mismo.

(Brassai, Sín título ,1932)

El nombre de
Camila era un atajo de la camomila que usaba y abusaba hacia su cuadrada y rotunda humanidad. Lo eligió porque le sonaba a exótico, lo había visto en una revista italiana; fue la única concesión a la estética que le recuerdo. También porque la hacía más llamativa y compensaba su escasa belleza ante las rivales del oficio, en una zona como el Grao, de mucha competencia. Era mujer de pocos caprichos y menos manías, no se las habría podido permitir con la vida que llevaba, pero no renunciaba ningún día a lo que llamaba su hora del té: arrastraba una mecedora vieja hasta la calle, se instalaba frente a la tapia de la nave industrial que había sido todo su paisaje desde que llegó a Valencia en los 60 y se sentaba después de comer a pintarse las uñas de negro y ablandarse los callos con piedra pómez. Con el tiempo se le contagió el invento de la piedra al alma, que se le fue volviendo porosa, hospitalaria, pero nunca blanda. Era áspera y gritona, pendenciera cuando hacia falta y a ratos que no, pero generosa y leal con quien conseguía traspasar la frontera de su dureza. El costoso pero feliz peaje era conocer el mundo real que te enseñaba para quienes estaban condenados al literario, en un anticipo del actual second life. Con el tiempo otras mujeres harían de sus gritos y desplantes caricias.

(Francesca Woodman)
Mujer de filias y fobias tremendas que amaba el boxeo por encima de todas las cosas y de todos los hombres, que tampoco le habían dado ocasión para más romances, jugar con el cheminova que le regaló un cliente como pago en especie por un servicio ocasional y el circo, el espectáculo más triste del mundo, decía recordando a los ambulantes de su infancia en Jaén. Los trapecistas era lo que más se le parecía a un milagro, ella que no creía ni en el amanecer. Un experimento con el juego de química le levantó el pulgar izquierdo, así que lo regaló a un cliente pero se quedó en secreto con un par de tubos de ensayo en los que mezclaba vinagre con bicarbonato o carbón de las pilas con salitre del puerto cercano. Por el mono, se justificaba, por el mono que también se consolaba con el hachís. Como el circo le encogía el corazón y se tuvo que jubilar pronto de la investigación química sólo le quedó su afición al boxeo, a los salazones que servían en un bar de Nazaret frente a la casa cuartel y a la absenta matinal que se tomaba con pulpo seco en un bar de solera frente a la aduana, donde se trapicheaban relojes y joyería menor de contrabando. La absenta, como el cheminova, la prohibieron al cabo de poco tiempo, curiosamente por tóxicas cuando lo que empezaba era una época tóxica.

Sus fobias eran la nostalgia, porque era una mujer alegre, sin contemplaciones y para la que cualquier tiempo pasado fue peor, las chinches, los chulos y los políticos, de los que decía que eran la perfecta mezcla de ambos pero sin picante. Y odiaba la literatura, peste de la que salvaba a Marcial Lafuente Estefanía, al que leía con la misma voracidad que vivía sus pocas pasiones. No hubo manera de hacerle entender que un libro podía ser una estación de paso hacia una experiencia real; no hubo manera porque era poco demostrable, tenía razón: había más vida en su lista de la compra que en lo que uno pudiera escribir en un año.

Y el boxeo. Iba a ver entrenamientos y combates de preparación en un gimnasio que la federación tenía en una planta baja y agitanada, de trasera ancha como la nariz de los boxeadores, en una calle a medio asfaltar que hoy es la manzana de oro de la ciudad, casi frente a la ya entonces cerrada estación churra (por los que venían de Aragón). Alguien le enseñó su versión literaria del boxeo: un cartel antiguo del combate en la Monumental de Barcelona, en 1916, 6 interesantes combates entre notables luchadores, 6, entre ellos el estelar del campeón del mundo Jack Johnson (“negro de 110 kilos”) contra el de Europa, Arthur Cravan (“blanco de 105 kilos”), el cual venció por K.O en el sexto asalto. Tentamos a Camila contándole la bolsa del combate de Cravan, un sueño de 50.000 pesetas de la época, pero lo despreció contestando que había más valor y verdad en su admirado Tigre de Patraix. El Tigre se había bautizado a sí mismo por la única lectura de su vida, Los tigres de Mompracem, aunque en realidad se había puesto el nombre de guerra para compensar su handicap por ser excesivamente joven y nervioso, con lo que bajaba la guardia demasiadas veces y recibía a modo. Y para soñar asaltos a títulos nacionales que trascendieran lo local de su verdadero nombre, Blayet. Blayet era un peso gallo valiente, desgarbado y de hígado flojo, que no pasó mucho más allá de combates de teloneros en veladas benéficas y sesiones múltiples por el título regional. Era uno de los discípulos predilectos de Camila, al que había iniciado en otras artes, que no siempre dejaban menos cicatrices, decía la maestra.

Todo esto sucedió pocos años antes de que el consumo masivo, el diseño y el sida nos cambiaran la vida y la forma de querer. Le tocó vivir los años de plomo de la larga posguerra, los de hojalata del último franquismo y la transición, los de plástico que le siguieron y hasta los actuales que vienen de plasma. Ahora se ha muerto como solía vivir, de repente. Se ha quedado seca de un trallazo. No ha llegado al combate 110; ni se lo propuso ni los contaba. La muy burra se ha hecho incinerar. Así lo dispuso hace años con tal de no tener que acogerse a sagrado. Nos ha dejado a sus deudos sin tumba donde hacerle homenajes. Descanse en la paz que tanto le faltó en vida. Y sirvan estos poemas de Leopoldo Mª Panero, a ella que odiaba la literatura:

Hasta que mi alma reviente
y caigan flores sobre mi tumba
recordando al poeta y su primera comunión
y cómo el día en que nació, se viera
una mujer en la sombra llorar.

El deseo mancha el verso
donde mora la carne putrefacta de una mujer
que es todo el poema
ofrecido a la nada
que no perdona.

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