miércoles, abril 23, 2008

Mapas y libros con viajes

(*) Al contrario que el título Viaje sin mapas, de Graham Greene, pero con el mismo sentido de viajar al corazón de las propias Liberias, algunos libros de o con referencias a viajes son mejores mapas del lugar que el propio viaje. Siempre que su voz ofrezca un lenguaje común. Hace tiempo que el turismo se convirtió en el clamor de los ciegos, su masificación en una confesión pública de confusión y sus guías y cronistas en el lenguaje impotente de los mudos. Dice Canetti en Las voces de Marrakesh: “Trato de relatar algo y apenas enmudezco me doy cuenta de que aún no he dicho nada. Algo maravillosamente luminoso y denso permanece aún en mí y obstruye la palabra. ¿Es acaso la lengua, que no entiendo, y que paulatinamente debo interpretar en mi interior? Había acontecimientos, imágenes, sonidos, cuyo sentido de entrada radica en uno mismo, que fueron no tanto tomados sino reducidos a palabras, y que más allá de las palabras son aún más profundos y plenos de sentido que ellas mismas.” La imposibilidad de narrar lo sucedido en el viaje no depende sólo de la ignorancia de la lengua local sino también de la limitación del lenguaje para expresarlo y de la palidez de la descripción como recurso literario. Y, también, del pudor que cultiva el viajero. Sigue Canetti: “Sueño en un hombre que olvida las lenguas de la Tierra hasta no comprender cuanto se dice en ninguna de ellas.”

(Raymond Depardon, Borkou, 1979)
Los lugares y las gentes que visitamos resultan tan ajenos a nuestra propia educación sentimental y el contacto con ellos es tan superficial que enseguida surgen las emociones-etiqueta como pintoresco o espectacular. Exotismo y contraste como prueba de nuestra limitación. También se viaja para comprobar, conscientemente o no, informaciones previas o para adquirir, ilusamente, experiencias que, intentando compensar la rutina, sólo la adornan. Ornamento que es delito de lesa inercia.

La experiencia del viaje es tan común y a la vez intransferible como la del sexo, a pesar y precisamente porque corren ríos de tinta sobre ambas. El viaje es un exilio en el que no se encuentran almas en pena sino en marcha, con o sin gloria. El teniente Ernest Psichari (y nieto de Renan) escribe El viaje del centurión en 1915 sobre su travesía por el Sáhara occidental y dice: “Toma tu cayado y marcha hacia el dolor, oh viajero…”. En ese dolor despoja de mito y heroísmo al viaje, lo humaniza y lo devuelve al único sujeto posible, el viajero. Este breve relato de peripecias e interiores inspira al naturalista Théodore Monod (1902-2000) hasta el punto que dedicará su larga vida al desierto, haciendo su última caravana en camello a los 91 años. Monod, siempre lejos de la boba mística tan cara a cronistas oficiales, confiesa el origen de su fascinación por el desierto mauritano, el propio libro de Psichari, y el resultado de la empresa: “Diez años de mi juventud se vieron a la vez iluminados y devastados por un sentimiento no compartido que me tomé muy en serio y que sumió en un estado de ánimo singularmente acorde con la propia naturaleza de un país desértico” (Maxence en el desierto). Contra fantasía e idealismo, austeridad. Y contra inercia, diligencia (y camello).

El conde László Almásy (1895-1951) viaja al desierto de Libia perseguido por un mito, del que se apropia como obsesión para convertirlo en su proyecto personal: la búsqueda del oasis perdido de Zarzura, situado en algún lugar indeterminado entre el de Siva, en la frontera líbica y antigua sede del oráculo de Amon -al que fue a consultar Alejandro Magno para dotar de destino a su ejército- y la altiplanicie rocosa de Jilf al Kabir, en el límite con Sudán. Por medio está el hasta 1932 inexplorado Gran Mar de Arena, varias cadenas paralelas con las dunas más altas del Sáhara que se extienden a lo largo de un territorio de 800 por 400 Kms., entre el oasis de Siva al norte, el macizo de Jilf al Kabir al sudeste y el oasis occidental de Kufra, ya en Libia. Sobre la leyenda del oasis desaparecido de Zarzura Almásy -llamado “Señor de las Arenas” por los beduinos- recoge abundante bibliografía, desde el mito registrado por Herodoto en su Historia y los cuentos de las Mil y Una Noches hasta los manuscritos árabes más antiguos, “redactados en un estilo místico religioso que no permite reconocer puntos de referencias geográficos”. Almásy pretende reducir a razón y experiencia una fábula situada en el corazón del desierto, una ciudad amurallada que custodia un pájaro blanco y en la que yacen un rey y una reina durmientes, rodeados de tesoros que el viajero intrépido podrá llevarse libremente con la condición de no romper su hechizo. Tras años y expediciones de búsqueda sobrevuela y después explora a pie el oasis de Abd El Melik, el cual recibe su nombre de un pastor nómada de la etnia sudanesa tibbu que llevaba allí sus rebaños en época de lluvias (es un oasis de lluvias al norte de Jilf al Kabir). Almásy ha encontrado Zarzura pero aún no lo ha descubierto para la ciencia. Necesita pruebas que confirmen su hipótesis de que Abd El Melik es el paraíso perdido y al cabo de dos años de búsqueda por todo Egipto encuentra al viejo pastor que dio nombre al oasis. Su testimonio es todo lo que conseguirá pero la transcripción que hace Almásy será con el tiempo un manuscrito más que alimenta la leyenda de Zarzura. Un viaje circular entre el mito y la razón.

(Michael Martin: Kids with Wood, Níger)
De toda esta historia quedan como siempre residuos públicos que no tienen que ver con el propósito inicial del viaje, con su fundación más personal. Por casualidad Almásy descubrirá las pinturas rupestres de la cueva de los nadadores en Wadi Sura, por las que será recordado, y por encargo cartografiará el Gran Mar de Arena, última mancha blanca que quedaba en el mapa de Egipto, por lo que fue reconocido en su momento. Pero lo que realmente descubrió Almásy fue el desierto, como Monod (no Canetti, cuya mirada estaba traducida por la literatura), lo que le hace decir: “Amo el desierto. Amo la llanura infinita que centellea en el reflejo de los espejismos, las cumbres rocosas resquebrajadas, las cadenas de dunas semejantes a olas del océano petrificadas. Y amo la vida sencilla y dura en campamentos primitivos, tanto en las noches claras y estrelladas en medio de un frío cortante como en la punzante tormenta de arena”. Y como antídoto para escépticos de la pasión, de un proyecto tan descabellado como sostenido más allá de su construcción, concluye con un proverbio beduino: “El desierto es terrible e implacable, pero quien lo haya conocido tendrá que regresar de nuevo a él” (Nadadores en el desierto, Ed. Península).

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martes, octubre 10, 2006

Cambio social en Campillo de Ranas.

(Campillo de Ranas, residuos de humanidad en época de colonización)


Se viaja por muchos motivos, aparte de una cierta vocación natural que lleva consigo el viaje, un instinto de trashumancia para cambiar de pastos. Yo viajo últimamente para comprobar cambios sociales, ajenos, claro, lo cual requiere reflejos y hatillo listo dado el ritmo de contagio de estas epidemias. Digo para comprobar cambios sociales ajenos porque no estoy dispuesto a los propios.

Guardaba un suelto de periódico que dice: “Campillo de Ranas esconde un ejemplo de cambio social en el corazón de Castilla: de 169 empadronados, 40 son homosexuales” (El País, 12 noviembre 2005) Este tipo de recortes se convierten en fotos de familia que se instalan sobre el aparador mental de uno y te piden que les quites el polvo, o sea, una visita de inmersión al lugar. Así que, guiado por la máxima de Hume “la razón es y debe ser solamente una esclava de las pasiones” (dicha en horas bajas), me fui dispuesto a infectarme de la esperanza que destilaba la noticia. Eso sí, a los cambios sociales hay que ir protegido, en este caso por una persona de sexo contrario; si es a un restaurante minimalista, por una reserva de buen jamón y si es a una nación en pruebas con el sonotone desconectado.

Campillo de Ranas es uno de los pueblos de arquitectura de pizarra, llamados ‘pueblos negros’ como reclamo turístico’, situado en el noroeste de la provincia de Guadalajara. Es un pueblo no sólo rehabilitado sino diseñado por sus nuevos habitantes. Apenas quedan restos -naturales y de costumbres- de lo que fue. Ya en los alrededores, las jóvenes guardesas del hayedo de Tejera Negra, te informan de la curiosidad turística que representa esta rareza de Campillo, con el añadido de que “el pueblo está muy bien puesto, muy mono”. El pueblo está dotado, no cabe duda, previsiblemente dotado de sus casas rehabilitadas con lajas de pizarra, que mantienen el estilo de construcción de la zona, dos o tres tabernas y restaurantes con ambiente más urbano que rural y alguna tienda dedicada a la gastronomía y artesanía propias del lugar. El alcalde, “apicultor, militante gay y muy orgulloso de tener una lista de espera con varias parejas del mismo sexo que se quieren casar en Campillo” (El País, noticia citada) es del PSOE, valga la redundancia con el curriculum anterior. Cuando se viaja al corazón de Castilla para acreditar fenómenos de este tipo, hay que ser especialmente meticuloso (con perdón, en este caso), por lo que busco el contraste visitando pueblos vecinos. En Roblelacasa –una fonética de 6 habitantes en invierno- hablo con Emeterio y Felisa, personajes de sexualidad tradicional y valor social caduco, que responden con el bofetón de silencio e historia perdida que transmite el semiabandono de las casas y la ausencia de turistas. Emeterio y Felisa tiene cara de no haber militado nunca su sexualidad. Y componen una imagen que es la pizarra negra de su desaparición como protagonistas de la función rural, acelerada por el protagonismo del ya celebrado cambio social. De los nuevos señoritos.

Emeterio quisiera hablar de sus tiempos de danzante en el vecino Galve de Sorbe, de cuando el sonido que le sacaba a la gaita no le hacía pasar desapercibido, de que los frutales del valle le dicen más que estas modas de agobio y boletín. Pero sabe que se extingue, que el sociólogo le ha dicho que hoy se ha pasado de la sexualidad reproductora a la recreativa, de la responsabilidad con hijos de la primera al ocio obligatorio de la segunda. De la gratuidad personal a la subvención pública. Y escucha a Felisa que le lanza un afilado “todo sigue igual” de reojo.

En este diagnóstico sutil de Felisa aparece la esperanza que erróneamente buscaba en el cambio social. Era una falsa alarma; no hay tal cambio social, sino un cambio de razón social de la empresa que fabrica folclore para consumo de turistas. Y un cambio de protagonistas y de estilo: del silencio atávico de los paisanos a la exhibición orgullosa de los nuevos dueños, cuya homosexualidad militante son los raíles por los que circulan los turistas en fila india.

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