21 de septiembre de 2009

Juicio, valor y ley


(*) No cabe duda que el verano es estación propicia a lecturas escogidas y Montaigne un tipo meticuloso que sometió sus experiencias, impresiones y opiniones a un método que las sacudiera tanto de moral impuesta como de azar en su formación, impugnando a la vez la utilización de la opinión como moral cambiante que pueda imponerse a todos, ya que sería perversa por polivalente e inútil por indeterminada. Despejó esas variables de moral y azar que podían haberle reducido a la condición de un nuevo moralista o, en la versión progresivamente laica del Renacimiento, arbitrista. Y anticipó el imperio del prestigio o desprestigio que la opinión personal supone para la posición social o grupal, anulando cuando así se forma el valor y carácter particular del juicio. Es útil leerlo ahora que prima la marca social que nuestro juicio nos asigna en los mercados de valores, habilitándonos o desacreditándonos para ser reconocidos e integrarnos, pero impidiendo el conocimiento –por oposición al reconocimiento ajeno- y la independencia de criterio. Sin duda previó que sería fuente inagotable de citas y comentarios, aunque su clarividencia no llegó a intuir que sería inspiración de entradas para el Nickjournal. No es la primera vez que se le utiliza ni será la última.

A propósito de la moral y su fuerza como corsé sobre la opinión, frente a su capacidad como sistema para ordenar el pensamiento y el tráfico social de juicios, escribe en el capítulo XL del Libro I de los Ensayos toda una talla y declaración de principios en su título: Que la experiencia de los bienes y los males depende en buena parte de nuestra opinión. Y dice lo siguiente:
«A los hombres», dice una antigua sentencia griega, «les atormentan sus opiniones sobre las cosas, no las cosas mismas». Si pudiera establecerse la plena verdad de esta proposición, se ganaría un punto importante para el alivio de nuestra miserable condición humana. Porque si los males han penetrado en nosotros tan sólo a través de nuestro juicio, parece que está en nuestro poder despreciarlos o trocarlos en bienes. Si las cosas se rinden a nuestra merced, ¿por qué no disponer de ellas o acomodarlas a nuestra conveniencia? Si lo que llamamos mal y tormento no es mal ni tormento de suyo, y únicamente nuestra fantasía le confiere esa calidad, cambiarla está en nuestras manos. Y, si podemos elegir, si nada nos fuerza, es una extrema insensatez decantarnos por el partido que nos resulta más fastidioso, y dar a las enfermedades, a la indigencia y al menosprecio un sabor agrio y molesto, pudiendo dárselo bueno y siendo así que la fortuna nos brinda simplemente la materia y a nosotros nos atañe darle forma. Ahora bien, veamos si puede sostenerse que lo que llamamos mal no lo es de suyo (…)

Separados de las cosas, deambulamos sin juicio por el reinado de las opiniones. Centrado el problema en si la condición natural de las cosas determina nuestro criterio sin posibilidad de apelación que las modifique, a continuación impugna toda moral natural y religión como norma universal e intemporal en la formación unívoca del juicio:
Si el ser original de las cosas que tememos tuviese el poder de alojarse en nosotros por su propia autoridad, lo haría de manera parecida y semejante en todos. En efecto, los hombres son todos de la misma especie y, salvo diferencias de más o menos, están provistos de útiles e instrumentos similares para entender y juzgar. Pero la variedad de opiniones sobre las cosas muestra claramente que éstas sólo penetran en nosotros con una transacción. Quizá alguno las cobije en su interior en su verdadero ser, pero otros mil les confieren un ser nuevo y contrario en ellos.

La clave está en esa transacción entre naturaleza de la cosa y opinión y en los mecanismos que determinan esa transacción. El distinto parecer con que los hombres afrontan un mismo hecho al que se atribuye en su origen una cualidad negativa, indica no sólo distintos valores y utilidad para distintas culturas y épocas sino también la dificultad de asignar valor y ordenar esos pareceres sin que prevalezca sobre ellos un interés y criterio común. Es decir, la ley.

Aplíquese lo anterior a casos como la muerte, la pena de muerte, la pobreza, la tortura o al mismo manejo de los caudales públicos por parte de nuestros gobernantes.

2 Comentarios:

Blogger Zheng junxai5 escribió...

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