sábado, mayo 10, 2008

Herniados, quebrados, leed.

En El País de ayer, rincón inferior izquierdo de la portada, aparece un anuncio de artículo que sigue en páginas interiores: El toque de la izquierda. La entradilla-cebo es de escapulario: “La mejor manera de que no exista racismo es echar a los negros. Es un argumento de la derecha para alejar los miedos. La izquierda empieza a descubrir el mismo guión.” En tiempos de necesidad e inocencia esas esquinas de las portadas se destinaban a anuncios de relleno o de auxilio social, como aquél de “Herniados, quebrados, leed”. La técnica publicitaria sigue igual, con la oferta de una prótesis tranquilizadora para lectores quebrados de izquierdas. Sin la maldad atávica de la derecha, ¿cómo sobrellevar la hernia?

En el origen fue Espiados con cámara oculta, después Observados en público y cerrado, desde hace poco Perdidos, ahora Encadenados. La realidad termina pareciéndose al reality show, dando la razón a Picasso cuando contestaba al reproche de que su retrato de Gertrude Stein no se parecía al modelo: "Descuida, que ya se parecerá..."

Sabroso, incisivo y canino artículo de Félix de Azúa sobre una náusea existencialista producida por la invasión de la cultura, muy sartreana malgré lui: Cultos hasta la náusea. Se pasea por el alambre de la denuncia de la cultura como cemento social (“...ya que la cultura es hoy el único contenido de nuestras vidas, como en otro tiempo lo fue la religión”) con riesgo de caer en la denuncia como cultura, en una eterna dependencia e inútil correr tras la capacidad de asimilación propia de la cultura de Estado.

Primero fue todo religión, luego política (¿se acuerdan a finales de los 70?) y ahora todo es cultura. La política sustituyó a la religión como colonizador del territorio común de los individuos, confiscándolo como público. Ahora la cultura se apropia de lo público como social y hace su deslinde y desmonte mucho más difícil: “La eliminación de lo político en la vida individual mediante una tutela estatal sobre todas las actividades del ciudadano (asimiladas como "culturales"), elimina también la génesis del diagnóstico y reúne al izquierdista utópico y al liberal radical en la misma prognosis.” Sin embargo, la distinción que hace Azúa de objetos culturales entre valores y mercancías no es de recibo, ya que son precisamente los valores los más comercializados. Véase si no la rentable operación de marketing hecha por el Barça con la solidaridad como negocio a través de su publicidad gratuita de Unicef. Negocio doble, por económico e influencia cultural, que demuestra la conversión de cualquier valor popular (es decir, con capacidad de transformarse en aglutinante social) en nutriente objeto cultural, operación en la que desaparece la autonomía del individuo como posible sujeto de tal valor. “La cultura del poder propone de una parte objetos culturales como no-mercancías, como valores autónomos que no deben ser sometidos a mercantilización (la identidad cultural, el patrimonio nacional, los creadores autóctonos, etc.), pero por otra parte protege de modo incondicional (y acorde con el sistema, especialmente en los gobiernos simbólicamente socialistas) los beneficios del empresariado cultural.” La mercantilización no es más que el envoltorio de esta democracia cultural.

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lunes, mayo 05, 2008

Sin palabras

(*) Cuando niño me propuse no leer el resto de mi vida. La costumbre de un pariente que leía con voracidad hasta los prospectos de los medicamentos influyó en esa absurda decisión pues, con infantil acierto, deduje que una persona con esa costumbre estaba muy enferma. Pero también contó un precoz espíritu de rentista, ya que me parecía la mejor inversión para disponer de tiempo libre, para poder perderlo, por supuesto, que es la única prueba de que se tiene. Fui creciendo sin mayores contratiempos que el alivio de la expulsión del Bachillerato, una ampliación de capital que aumentaba el bien tan preciado del tiempo libre. Enseguida llegó la ocasión de cumplir uno de mis propósitos juveniles: liberar los días de sus conmemoraciones culturales, disfrutando del inmenso regalo que era ignorar las ferias del libro, tanto la de novedades como la de lance, que me parecían el estreno y reestreno de la misma servidumbre. Elegí un deporte coherente con mi renuncia libresca, la lucha libre, ya que sus programas de mano eran escuetos y apenas había literatura a su alrededor que distrajera del espectáculo.

Todo transcurría apaciblemente hasta que un revés de la esquiva fortuna en esa adolescencia social que fueron los felices 80 me obligó a buscar trabajo. Por entonces ya era un asiduo de las veladas de lucha libre que se celebraban en plazas de toros portátiles y cabezas de partido olvidadas por las autonomías, cuando no de manera clandestina –que eran las buenas- pues su época de esplendor en los 50 y 60 había pasado. Allí hice amistad con El Samán Tropical, un luchador de origen y nostalgia cubana venido a menos porque su afición por los libros menguaba su natural agresividad. Estudiaba las posturas del rival como un entomólogo las patas de un escarabajo y para cuando las había reducido a una taxonomía de ocasión ya estaba tendido sobre la lona. Era digno de ver cómo devoraba las novelas de Marcial Lafuente Estefanía en el vestuario, soltando sentencias entre linimentos, miradas asesinas de sus compañeros y furtivas de algún pretendiente. A las que no sucumbió, que la literatura había reforzado su virtud. Para resolver el percance laboral me hice apoderado de El Samán, quien completaba su cultura llevando un puntual diario en el que escribía las más rocambolescas observaciones con unas faltas de ortografía del tamaño de su querido cuadrilátero. Entre ellas un contundente “Para qué escribir”. Sin ser leninista era intuitivo y razonaba con mérito sobre la condena a la escritura que acecha a todo lector. Mi mecenazgo de El Samán ponía en peligro por contagio la temprana decisión de convertirme en un hombre de provecho. Una nueva amenaza, la escritura, se cernía sobre mi incierto temple. La caída estaba anunciada y con el tiempo ese cúmulo de casualidades que es el destino me trajo a este Nickjournal, viéndome ahora cual galeote condenado a escribir con frecuencia, sin renta y sin saber de qué, salvo de no escribir.

La solución a la indiferencia asegurada vino una vez más de la manaza de El Samán. En el cuaderno de hule sobado que acogía con resignación y una goma sudada sus diarios repletos de manchas encontré una pista sobre el testamento que sellaba la renuncia a la actividad literaria por parte de un tal Hugo Von Hofmannsthal. Paradójica justificación a lo Sísifo de ese retiro definitivo porque lo hacía escribiendo una ficticia Carta que un supuesto Lord Chandos dirigió en 1603 a Francis Bacon. El motivo de la carta era disculparse ante este amigo por su dimisión literaria: “Todo se me desintegraba en partes, las partes otra vez en partes, y nada se dejaba ya abarcar con un concepto. Las palabras aisladas flotaban alrededor de mí; cuajaban en ojos que me miraban fijamente y de los que no puedo apartar la vista: son remolinos a los que me da vértigo asomarme, que giran sin cesar y a través de los cuales se llega al vacío”. El motivo del testamento literario de Von Hofmannsthal era que se había quedado sin palabras, como los antiguos pasatiempos del TBO, que ya no podía explicar el mundo con ellas por "haber perdido por completo la capacidad de pensar o hablar coherentemente sobre cosa ninguna", encontrando que "todos los juicios son dudosos, inconsistentes, falsos e indemostrables". A estos desvaríos lleva el mucho leer y a ese viaje con sus pesadas alforjas renuncié de niño, aunque El Samán encontró cómo sacarles provecho. Vaya por él, que me da de comer y de escribir.

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martes, abril 29, 2008

Un helicóptero VIP viene a inaugurar y censarnos

(*) Un helicóptero desciende sobre un campo abierto a las afueras de una ciudad de Rajasthan, al final de la época antigua, en 1975. Ese espacio es utilizado por sus habitantes como mercado desde tiempos remotos (cuyo origen no necesita contarse ni conmemorarse) o recientes y las autoridades vienen ahora a inaugurarlo. Los vecinos se dedican habitualmente a ocupaciones humanas como comprar, vender, comer, nacer, crecer, casarse, enfermar, morir, amar y ser amados, ignorar y ser ignorados, traicionar, engañar y enseñar, sufrir, rezar, visitar a sus familiares y paisanos de otros pueblos, emigrar y recibir a otros como ellos. En resumen, a trampear para sobrevivir y, si pueden y les va bien, a prosperar. Es decir, son gente del común que se dedica a lo Suyo. Esa ciudad es una abundancia de personas, actividades, condiciones y usos, un maremágnum sin cuento ni cuenta del que entran y salen gentes, un trasiego, lugar y tiempo variables que impide un estado fijo de cosas, sin necesidad de definirlo, fijar sus fines ni límites, cerrarlo, para poder hablar de él.

Las autoridades se hacen acompañar por funcionarios que censarán a la población para unas próximas elecciones. Les traen regalos como mercado,
dinero, lengua, identidad, pluralidad y democracia, funciones que ya tenían gratis en el sentido de que no tenían que pagar por ello a otros (un precio sería su definición por esos otros). El panorama no era idílico ni ellos ni nosotros lo pretendemos; lo harán ideal los nuevos y ajenos dueños a fuerza de designar su realidad y reducirlo a cantidad y cosas distintas. La oferta de pluralidad, la necesidad de ser plurales para ser individuos autónomos, es el principal artículo de fe que se les trae: “(...) estas necesidades de ser plurales, de ser unos cuantos, de ser cada uno diferente de los otros, de ser uno, no pueden venir de ahí abajo [‘lo que hay’, que es sin fin], sino de arriba, o sea, de Dios, que es lo que para nosotros representa cualesquiera de las cosas contra las que aquí tratamos de levantarnos: el Poder, el Estado, el Capital.” (1)

El descenso del helicóptero produce un efecto inmediato entre la población: una evidente molestia en forma de tormenta de arena que los disuelve y confunde momentáneamente. Esa confusión es un primer éxito conseguido antes de aterrizar. Un "Divide y vencerás; el lema del Régimen más avanzado de dominio que entre nosotros se padece: la Democracia desarrollada; la Democracia con la pretensión de ser el Régimen último, el verdadero, el único, en el que se tiene que reemplazar a los demás.” Un divide y vencerás rentable y comercial que prosperará como instrumento de distinción personal. Un convencer de que “cá uno es cá uno, es decir, absolutamente diferente de todos los demás”. La empresa que trae el helicóptero gana cuando arraiga entre la gente esa sensación de identidad irreductible, de que lo que le pasa a cada uno es personal y exclusivo (y excluyente), porque entonces es cuando todos son “iguales, precisamente en [por] eso”. A esa dispersión fácil de aglutinar que significa el lema Divide y vencerás contrapone García Calvo el Soy legión, una legión indefinida: “Parecen cosas [esos lemas] que se matan la una a la otra, y efectivamente se matan la una a la otra. En realidad, con alguien que dijera ‘Soy legión’, una Democracia no tendría nada que hacer. (...) cada uno tiene que ser el que es. Ésa es condición para que formen las pluralidades más o menos ordenadas”.

Raghu Rai se hizo fotógrafo por casualidad: durante unas vacaciones un amigo de su hermano (que sí era fotógrafo) le invitó a su pueblo y éste le dejó su cámara. Sin conocimientos técnicos ni propósito documental alguno se empeñó en fotografiar a un pollino que encontró en la aldea; éste huía cada vez que Raghu se le acercaba, todo ello en medio del jolgorio de los vecinos. Lo persiguió hasta cansar al borrico y conseguir la foto. Durante este suceso, Raghu Rai fue legión. Y cada paisano. (La foto también porque fue portada de un diario, británico o indio no recuerdo, enviada por su hermano).


Raghu Rai: “Dust storm created by a VIP Helicopter” (Rajasthan, 1975) Exposiciones en Casa Asia, Barcelona (color y esta foto) y Madrid (blanco y negro).
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(1) y todas las citas: Agustín García Calvo, Ateneo de Madrid, Tertulia Política nº 119, 2 de Abril de 2008. Cortesía impagable, es decir gratuita y por ello libre, de Al59.

miércoles, abril 23, 2008

Mapas y libros con viajes

(*) Al contrario que el título Viaje sin mapas, de Graham Greene, pero con el mismo sentido de viajar al corazón de las propias Liberias, algunos libros de o con referencias a viajes son mejores mapas del lugar que el propio viaje. Siempre que su voz ofrezca un lenguaje común. Hace tiempo que el turismo se convirtió en el clamor de los ciegos, su masificación en una confesión pública de confusión y sus guías y cronistas en el lenguaje impotente de los mudos. Dice Canetti en Las voces de Marrakesh: “Trato de relatar algo y apenas enmudezco me doy cuenta de que aún no he dicho nada. Algo maravillosamente luminoso y denso permanece aún en mí y obstruye la palabra. ¿Es acaso la lengua, que no entiendo, y que paulatinamente debo interpretar en mi interior? Había acontecimientos, imágenes, sonidos, cuyo sentido de entrada radica en uno mismo, que fueron no tanto tomados sino reducidos a palabras, y que más allá de las palabras son aún más profundos y plenos de sentido que ellas mismas.” La imposibilidad de narrar lo sucedido en el viaje no depende sólo de la ignorancia de la lengua local sino también de la limitación del lenguaje para expresarlo y de la palidez de la descripción como recurso literario. Y, también, del pudor que cultiva el viajero. Sigue Canetti: “Sueño en un hombre que olvida las lenguas de la Tierra hasta no comprender cuanto se dice en ninguna de ellas.”

(Raymond Depardon, Borkou, 1979)
Los lugares y las gentes que visitamos resultan tan ajenos a nuestra propia educación sentimental y el contacto con ellos es tan superficial que enseguida surgen las emociones-etiqueta como pintoresco o espectacular. Exotismo y contraste como prueba de nuestra limitación. También se viaja para comprobar, conscientemente o no, informaciones previas o para adquirir, ilusamente, experiencias que, intentando compensar la rutina, sólo la adornan. Ornamento que es delito de lesa inercia.

La experiencia del viaje es tan común y a la vez intransferible como la del sexo, a pesar y precisamente porque corren ríos de tinta sobre ambas. El viaje es un exilio en el que no se encuentran almas en pena sino en marcha, con o sin gloria. El teniente Ernest Psichari (y nieto de Renan) escribe El viaje del centurión en 1915 sobre su travesía por el Sáhara occidental y dice: “Toma tu cayado y marcha hacia el dolor, oh viajero…”. En ese dolor despoja de mito y heroísmo al viaje, lo humaniza y lo devuelve al único sujeto posible, el viajero. Este breve relato de peripecias e interiores inspira al naturalista Théodore Monod (1902-2000) hasta el punto que dedicará su larga vida al desierto, haciendo su última caravana en camello a los 91 años. Monod, siempre lejos de la boba mística tan cara a cronistas oficiales, confiesa el origen de su fascinación por el desierto mauritano, el propio libro de Psichari, y el resultado de la empresa: “Diez años de mi juventud se vieron a la vez iluminados y devastados por un sentimiento no compartido que me tomé muy en serio y que sumió en un estado de ánimo singularmente acorde con la propia naturaleza de un país desértico” (Maxence en el desierto). Contra fantasía e idealismo, austeridad. Y contra inercia, diligencia (y camello).

El conde László Almásy (1895-1951) viaja al desierto de Libia perseguido por un mito, del que se apropia como obsesión para convertirlo en su proyecto personal: la búsqueda del oasis perdido de Zarzura, situado en algún lugar indeterminado entre el de Siva, en la frontera líbica y antigua sede del oráculo de Amon -al que fue a consultar Alejandro Magno para dotar de destino a su ejército- y la altiplanicie rocosa de Jilf al Kabir, en el límite con Sudán. Por medio está el hasta 1932 inexplorado Gran Mar de Arena, varias cadenas paralelas con las dunas más altas del Sáhara que se extienden a lo largo de un territorio de 800 por 400 Kms., entre el oasis de Siva al norte, el macizo de Jilf al Kabir al sudeste y el oasis occidental de Kufra, ya en Libia. Sobre la leyenda del oasis desaparecido de Zarzura Almásy -llamado “Señor de las Arenas” por los beduinos- recoge abundante bibliografía, desde el mito registrado por Herodoto en su Historia y los cuentos de las Mil y Una Noches hasta los manuscritos árabes más antiguos, “redactados en un estilo místico religioso que no permite reconocer puntos de referencias geográficos”. Almásy pretende reducir a razón y experiencia una fábula situada en el corazón del desierto, una ciudad amurallada que custodia un pájaro blanco y en la que yacen un rey y una reina durmientes, rodeados de tesoros que el viajero intrépido podrá llevarse libremente con la condición de no romper su hechizo. Tras años y expediciones de búsqueda sobrevuela y después explora a pie el oasis de Abd El Melik, el cual recibe su nombre de un pastor nómada de la etnia sudanesa tibbu que llevaba allí sus rebaños en época de lluvias (es un oasis de lluvias al norte de Jilf al Kabir). Almásy ha encontrado Zarzura pero aún no lo ha descubierto para la ciencia. Necesita pruebas que confirmen su hipótesis de que Abd El Melik es el paraíso perdido y al cabo de dos años de búsqueda por todo Egipto encuentra al viejo pastor que dio nombre al oasis. Su testimonio es todo lo que conseguirá pero la transcripción que hace Almásy será con el tiempo un manuscrito más que alimenta la leyenda de Zarzura. Un viaje circular entre el mito y la razón.

(Michael Martin: Kids with Wood, Níger)
De toda esta historia quedan como siempre residuos públicos que no tienen que ver con el propósito inicial del viaje, con su fundación más personal. Por casualidad Almásy descubrirá las pinturas rupestres de la cueva de los nadadores en Wadi Sura, por las que será recordado, y por encargo cartografiará el Gran Mar de Arena, última mancha blanca que quedaba en el mapa de Egipto, por lo que fue reconocido en su momento. Pero lo que realmente descubrió Almásy fue el desierto, como Monod (no Canetti, cuya mirada estaba traducida por la literatura), lo que le hace decir: “Amo el desierto. Amo la llanura infinita que centellea en el reflejo de los espejismos, las cumbres rocosas resquebrajadas, las cadenas de dunas semejantes a olas del océano petrificadas. Y amo la vida sencilla y dura en campamentos primitivos, tanto en las noches claras y estrelladas en medio de un frío cortante como en la punzante tormenta de arena”. Y como antídoto para escépticos de la pasión, de un proyecto tan descabellado como sostenido más allá de su construcción, concluye con un proverbio beduino: “El desierto es terrible e implacable, pero quien lo haya conocido tendrá que regresar de nuevo a él” (Nadadores en el desierto, Ed. Península).

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sábado, abril 19, 2008

Un reportaje no hace periodismo

Tiene razón el periódico al decir que un caso no hace estadística. Tanta como que este reportaje no hace periodismo pero sí lastra y engorda a ese animal inerte y pesado llamado opinión pública. Sobre todo cuando el titular es tan ficticio que resulta irrefutable con datos reales: El enfermo mental no es más violento que el sano. La tesis es la consigna dominante para la salud mental en las sociedades occidentales desde el advenimiento de la antipsiquiatría: Los expertos prefieren al enfermo libre y bajo tratamiento, con un epílogo muy actual de sociedad enferma y atención personalizada... pero faltan psiquiatras. Al cierre del manicomio como institución sucedió el cierre de la lógica como razón práctica: faltan recursos para proporcionar esa atención [al enfermo mental], [pero] nadie dirá que el de Murcia es atribuible a los pocos medios. ¿Qué pasó entonces, descontando la consabida culpa social (fuenteovejuna) del crimen? "Además de enfermo mental, Carotenuto es toxicómano, y eso hace que su comportamiento sea mucho más impredecible", declara el subdirector general de Salud Mental de Murcia. Con la droga, harina de similar opinión pública, hemos excusado la política de inhibición oficial ante la salud mental: prohibido internar (el 86% de los enfermos mentales viven y están al cuidado de sus familias).

Que un caso no haga estadística quiere decir que no hace política; por eso las decenas de mujeres (madres cuidadoras de hijos esquizofrénicos, en su mayoría) víctimas de estos enfermos mentales pacifistas tampoco la hacen porque no existen, ya muertas o anónimas. Incluso su número diluye el drama sensacionalista del caso aislado de la decapitada de Santomera. Porque no es cuestión de qué número de víctimas hace verano legislativo sino del lugar que ese tipo de violencia ocupa en el rígido escalafón dictado por la opinión dominante. Y aquí sí entra bajo palio el periodismo como apuntador de esa opinión y El País de hoy como demiurgo de violencias. Lo hace al elevar una violencia menor que la decapitación a mayor en penalidad social: Cuatro años sin ver a su hija por haberla pegado. Y ratifica esa jerarquía inversa de violencias al cambiar las noticias-opiniones de sección oportunamente, desde la nueva y canónica Vida&artes, donde aparece el reportaje que exime al enfermo mental de culpa, a la clásica de Sociedad, donde sólo se reseña pudorosa y resignadamente la pena impuesta por dar cuatro bofetadas a su hija. Sobre El periódico y la influencia escribe también hoy, con su habitual precisión, Arcadi Espada.

El riguroso orden interno de la violencia punible fijado por el valor social que la opinión pública atribuye a cada una de sus formas se confirma en el mismo periódico del día por el artículo de opinión de Antonio Elorza: La igualdad y el poder, a propósito del feminicidio del nuevo gobierno: “No era un secreto el limitado acceso de la mujer a puestos de responsabilidad. A ritmos desiguales todo esto ha cambiado y la explosión de la violencia de género tiene mucho que ver con ello. Cabe pensar que sólo cuando la situación de igualdad de género sea plenamente establecida y asumida podrá alcanzarse la normalización en las relaciones entre los sexos. La opción del Gobierno favorece esa orientación”. Explosión de la violencia de género que por supuesto no tiene contrastación estadística posible al carecerse de datos homogéneos en series históricas y al ignorar que España tiene un índice per capita bajo-medio de ese tipo de violencia en Europa. Al final resulta que el periodista se equivoca cuando hace de metrónomo social, invirtiendo Pesos y Medidas de violencia.


(Raymond Depardon: fragmento del documental sobre el Hospital psiquiátrico de San Clemente, 1980)

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lunes, abril 07, 2008

Vicios privados, virtudes socialdemócratas

Un caso más de vicios privados y virtudes públicas, con la acreditación que proporciona el testimonio personal, ofrece Rubert de Ventós en su artículo “No somos ni socialdemócratas”. La tesis es que la "naturaleza humana" impide a la especie “dotarse de un sistema económico un poco menos bestia que el puro y duro darwinismo social, donde prospera siempre el más fuerte”. La presentación de esa fatalidad es coherentemente religiosa: “Yo me avergüenzo de mis pecados, claro está, pero también de los de mi especie, de la ‘naturaleza humana’ que acarreo”. La contradicción es también consecuente con la matriz hegeliano-marxista del asunto: “Nuestra naturaleza humana no está a la altura de nuestros ideales”. Se ve que la poquedad de nuestra condición convierte al ideal en justificante de la barbarie: “Y que cuando lo ha intentado [la especie] -con el comunismo, por ejemplo- pronto se transformó en una burocracia tan cruel como ineficiente: en eso acabó el marxismo en nuestras manos”. En el mientras tanto histórico sucede el neoliberalismo como horizonte de cercanías, en el que incluye –muy ortodoxamente- al reformismo: “Igual han sucumbido en este mundo los intentos más "realistas" y comedidos como las curas paliativas keynesianas, socialdemócratas o reformistas, que sólo han prosperado para seguir alimentando esa especie de neoliberalismo que padece nuestra especie”.

(Russia, 192(?): The giant toys of the collective man. Figures of
Lloyd George, Millerand, Kerenski and Milnikov in front of the Kremlin).

La fatalidad del planteamiento se nutre también de psicología nada evolutiva: “Nuestra inercia emocional, formada a lo largo de los siglos, sigue siendo lo que es, sigue estando donde estaba, y no parece sintonizar fácilmente con nuestros proyectos racionales o morales”. Ventós, muy lejos de la capacidad analítica que llevó a Juan Benet a una precisa disección de la conducta humana, cae sin embargo en un dictamen del tipo “Nunca llegarás a socialdemócrata”. Sin pretenderlo, tanto su tesis como su formalización demuestran que la socialdemocracia ha terminado como marca de diseño del capitalismo y versión moderna y amigable de la religión. Como marca sigue teniendo éxito, aunque representa un producto ya maduro, en declive, que va siendo sustituido por ese híbrido de revanchas colectivas, ese círculo de engaños mutuos, llamado corrección política. Como religión funciona mejor, no sólo porque agrupa disciplinadamente a clases dispersas que antes parecían destinadas a hacer la revolución frente a la evolución, sino porque ofrece un consuelo de integración social al individuo insatisfecho. Al idealista, al que se exilia de la realidad culpando de su dureza e irreversibilidad al vecino, al cual necesita calificar como neoliberal (hereje) para no perder el cielo. Consuelo que obtiene el socialdemócrata como renta inmediata por el reconocimiento social automático que produce, frente a la larga explicación que siempre tiene que dar el liberal, como prueba de su condición pública vicaria. Pero consuelo sobre todo íntimo ante sus contradicciones, de las que Ventós pone dos ejemplos:

1) la educación privada y competitiva para los hijos de quienes defienden lo contrario en público, es decir, para el público que les contempla;
2) la anécdota racista y clasista de Marx hacia Paul Lafargue, el pretendiente (y futuro marido) mestizo de su hija Laura.

Un traductor social como Rubert de Ventós concluye con el lógico recuerdo de la etiqueta social traidor puesta a los reformistas. Y cómo sigue llamándolo a los mismos, fatalmente abducidos por el neoliberalismo. Con el añadido poco científico de enviar a Darwin al desván.

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domingo, abril 06, 2008

Soledades sin discurso

Es usual calificar a algún artista de “poeta de la soledad urbana” (a Antonio López, entrevista de El País, como lo hizo anteriormente este periódico con Joaquín Sabina, en las antípodas de oficio y arte). El discurso se apropia y traduce las sensaciones que recrea el arte, no sólo por parte de sus comisarios sino incluso del propio artista, en la misma fase de creación. Cuando esto último sucede se pintan las ideas y ya se sabe que las ideas estropean la pintura. En cambio, cuando el artista consigue transmitir sus sensaciones, su forma de ver un objeto, proceso o situación, a través del lenguaje que es la forma -para lo cual es necesario no sólo buen oficio sino formalización- entonces es difícil esa apropiación indebida, ese cambalache entre lenguajes y formas que define a buena parte del arte contemporáneo. Cambalache que es un travestismo endogámico en el que se diluye toda sensación.

En cambio James Nachtwey se pasó años en distintas guerras y tuvo que dejar de fotografiar la de Afganistán porque había perdido la capacidad de sentir emoción. Se había acostumbrado a la barbarie que anula la emoción como síntesis de vidas humanas. Y Larry Towell tuvo que vivir diez años en comunidades menonitas para vencer su resistencia a fotografiar sus vidas (sus soledades). En su tarjeta de visita se leía simplemente "ser humano". Con la imagen de un silencio incontestable concluye Raymond Depardon su serie sobre un manicomio.

Es fácil olvidar estas cosas y esta forma de adquirir oficio en tiempos de confusión. Como "es fácil olvidar que la luz es para los fotógrafos, como el lenguaje para los escritores, su único medio de expresión artística". (Galen Rowell)

James Nachtwey: "Afghanistan, 1996" (Una mujer llora la muerte de su hermano)

Larry Towell: “Los menonitas” (familia de una comunidad de Méjico)

Raymond Depardon: “San Clemente Asylum” (1982)

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lunes, marzo 17, 2008

Sólo el recuerdo no cambia

(*) Llevaba años sin verlo, de ésos que se deforman a fuerza de amontonarse y ya no se cuentan. Me lo encontré en su bar de siempre, ahora llamado El Rey de Oros, frente a la estación y la plaza de toros, uno que cambiaba de dueños, aspecto, nombre y clientes cada dos por tres. Mario era el único parroquiano superviviente del local, más que del bar, y estaba varado en su esquina habitual de la barra, con su flanco derecho atrincherado por una máquina de premio y el izquierdo cubierto por su mirada de reojo indiferente, cerrando el paso al asalto de cualquier desconocido. Con la hosquedad siempre en guardia, pues aquel lugar se había convertido en un tráfico incesante de viajeros, inmigrantes, trileros y policías municipales, todos de consumo rápido y expulsados por la insípida hostilidad del local. A retaguardia tenía la sección de máquinas de premio, tras una doble puerta batiente que amparaba a amas de casa y jubilados jugándose el vacío y moros y parados el jornal.

Contaba poco de su vida. Había hecho la mili en la campaña de Ifni, enviado en un pelotón de castigo por haber protestado por la comida en el regimiento de regulares de Melilla que le había tocado en desgracia. Decía que la sed sabe a hierro y es espesa como una bola de pescado seco y que su principal recuerdo era el sonido sordo que hacían las ampollas de los pies al reventarlas. Que iban con alpargatas y a los moros les llamaban pacos por el ruido –paa-cum, gesticulaba con parsimonia- de sus máuser al disparar. Que se tuvo que parapetar tras los cadáveres de dos de ellos durante un día entero porque el fuego cruzado no les dejaba enterrarlos ni huir a Sidi Ifni desde el puesto fronterizo en el que los habían olvidado. Que eran cinco en la loma y tuvieron que huir por la noche entre los matorrales, con uno de ellos y el pánico de todos a cuestas, hasta un aduar que no sabían en manos de quién estaba. Que olía a miseria. Que los oficiales parecían unos caballeros pero comían aparte y tres veces al día, los de artillería en mesas plegables. Que su sargento era una bestia inhumana y robaba lo que podía. Que le costó treinta años saber qué hacían defendiendo esa tierra ajena, áspera e ingrata y lo dio por bien empleado. Con esta exposición de motivos, las cuatro reglas y una recomendación se presentó a unas pruebas para trabajar de casillero en el canódromo al licenciarse.

Ahí le conocí. Se dedicaba a recoger apuestas con una visera de plato recortada por él mismo que le daba una jerarquía soñada. Completaba los cuatro duros del sueldo trapicheando whisky y latas de caviar cuando caía la suerte de algún decomiso y vendiendo botellas de coñac y puros en timbas de poca monta por los alrededores. Sacaba más con la reventa de entradas para la lucha libre y el catch a cuatro, que las de los toros tenían baranda y éste no se andaba con repartos. Se había hecho una pequeña trastienda al fondo de la casilla que parecía la casa de muñecas de un supermercado. De la lucha libre sacó una felicidad de aficionado, el ansia del jugador y una novia que lo volvió loco, una jaquetona espléndida, simpática y sentimental que le dejó al poco tiempo por alguien con más posibles y menos imposibles.

Lo pillo haciendo rayas en el cerco que ha dejado el vaso de cerveza vacío, fundido a la barra y con el periódico en ristre. Me ve entrar, le sale un destello de pasmo en la cara que controla enseguida y me tiende la mano. La emoción se funde en negro, por supuesto.

(…)
- ¿Qué se hizo de Julio-el-herrero?, le pregunto.
- Te lo puedes imaginar. Murió hace años pero dio señales de vida antes de morir. Preguntó por ti y le amargaba que hubieras desaparecido sin decir nada. Lo sintió como una jubilación de golpe, un tajo seco en las historias de la guerra que te contaba. Pero por encima de eso le había llegado al alma que fueras el primero y el último del pueblo en llamar señora a su compañera. Y Aurora te disculpaba. Y le agradecía que hubiera renunciado al nombre de Germinal por no perjudicarla, con lo convencido de la causa que era. Siempre le hizo gracia que ella pudiera jugar a los dos bandos con su nombre. Al principio los nuestros no le perdonaban la cesión, que también era una galantería sin querer, y menos que dejara de ser vegetariano pero el tiempo y el carácter de Julio les fue ganando.
- Y su mala leche.
- La sacaba para defenderse, sólo cuando tenía miedo. Era como un perro, olfateaba al vecino y si le sentía más miedo que a él mismo lo dominaba pero lo respetaba. Pero cuando era al revés se revolvía. Ya sabes que le tocó llevar una vida furtiva pero nunca se escondió de sus obligaciones, aunque a veces soldara sus fallos como las malas herraduras que colocaba.
- No le saquemos más virtudes de muerto que en vida, que algunas gordas ya tenía.
- Nunca faltó a su palabra, dice Mario con la seriedad del cereal que suele.
- Pero si no tenía memoria.
- Por eso protegía su palabra con la lealtad.
(…)

- Y ¿qué es lo que ves desde ese taburete?
- Que los tiempos ya no corren tanto. La estación sigue escupiendo gente pero ahora es más igual y va más de prisa. Creo que van sólo a cambiar de moda.


- ¿Qué andabas leyendo cuando te he encontrado?
- Esto, un cuento de la serie Historias Ejemplares que trae el periódico, sobre el sitio de una ciudad alemana hace muchos siglos: “El emperador Conrado III había puesto cerco a Güelfo, duque de Baviera, y pese a las viles y cobardes compensaciones que se le ofrecieron, no quiso transigir a otras condiciones más suaves que permitir la salida de las mujeres que permanecían asediadas junto al duque, con el honor salvo, a pie y llevando encima lo que pudieran. A éstas se les ocurrió, con magnánimo corazón, cargar a hombros a maridos e hijos, y al duque mismo. El emperador, muy complacido al ver la nobleza de su ánimo, lloró de satisfacción y mitigó la violencia de la enemistad mortal y suprema que había profesado contra el duque; y a partir de entonces los trató humanamente, a él y los suyos.” (1)

- Entretenido, le digo.
- Más que eso -le chispean los ojos por primera vez-, una buena manera de salir a hombros. Se nota que el duque estaba bien puesto en el escalafón, pero nunca he visto a un maletilla salir por la puerta grande por buenos pases que hubiera dado. Y menos a la chepa de su madre.



- Ya me has decorado la biografía. ¿Qué tengo yo que ver con esa gorda? (2)
- Que ambos derrocháis vida como manirrotos y que os habéis mojado mucho.
- Ya, pues sácame de la imprenta y devuélveme al bar.
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(1) Jean Bodin o Bodino, Método para la fácil comprensión de la historia, 1566, citado por Montaigne, Ensayos (Capítulo I: Puede lograrse el fin con distintos medios. Si lo hubiera sabido Mario), Ed. Acantilado, pág. 10.
(2) Fragmento del vídeo de Bill Viola, Océano sin orillas.

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martes, marzo 11, 2008

Apuntes electorales

1. Las elecciones de los récords en la reciente historia de la democracia:
  • Bipartidismo casi perfecto con la mayor concentración de diputados (92%) y polarización del voto en los dos grandes partidos. Del mismo modo que la sociedad se especializa, la política se profesionaliza.
  • La mayor concentración de voto en la izquierda en torno al PSOE.
  • Los mejores resultados, en voto y escaños, obtenidos por el partido de la oposición.
  • La menor representación, en voto y diputados, del nacionalismo vasco.
  • El Grupo Mixto más numeroso y heterogéneo, lo que reducirá el eco parlamentario y público de los partidos representados.

2. PSOE: La mayoría suficiente obtenida para gobernar no será suficiente para recuperar el sentido de Estado por encima de la estrategia partidista de aislamiento de la derecha ni, mucho menos, para superar el componente nacionalista que ha sustituido al socialismo en su misión histórica. Destino que este presidente justiciero y su partido sienten como la recuperación del poder por las clases sociales y clanes locales desposeídas por la Historia.
Se ha visto el techo del nuevo socialismo y el nuevo gobierno demostrará el error de quienes le votaron por preferir una España roja a una rota.

3. PP: Dos legislaturas en la oposición, un liderazgo en entredicho y el refuerzo de sus poderes regionales lo harán enfeudarse a sus taifas mientras hace la renovación interna. La cual puede aplazarse o quedarse en maquillaje por lo confortable de la derrota Si recupera su capacidad de alianzas políticas y consigue una imagen social de normalidad (despreciando a parte de quienes le manchan, entre otros pases) romperá el cordón sanitario al que está sometido, del cual depende el futuro inmediato del socialismo.

4. Izquierda Unida: es el límite de sí misma. Centrifugada entre la tentación antisistema y su nutrido currículum de escisiones, ha dado un gran salto adelante en su viaje de vuelta de partido político a movimiento extraparlamentario. Buscando la revolución perdida se encuentra como compañero de viaje de grupos alternativos y cómplice de antisistemas. En Mondragón le pillaron en coalición con ANV, lo cual tampoco ha importado demasiado en un país que ya ha descontado el territorio y ciudadanos vascos como perdidos.

5. Cataluña: un nuevo triunfo de los partidos (nominalmente) españolistas sigue contrastando con la vida cotidiana de clandestinidad. Los ciudadanos se refugian en las urnas de las generales cada cuatro años y entretanto procuran pasar desapercibidos. El PP seguirá siendo el enemigo externo necesario para cohesionar a la tribu. Ezquerra, el cliente moribundo que no paga al socialismo inmigrante contratado para gobernar.

6. País Vasco: la menor representación democrática del nacionalismo vasco en sus distintas franquicias no frenará la legislatura del asalto a la independencia, bajo el eufemismo del derecho a decidir. A falta de instrumentos legales se valdrá de la calle y las instituciones sabáticas del estado. Seguirá intacta la falta de libertad para la población no nacionalista, mayoritaria en esa región.

7. UPyD: eficacia de su discurso estatal y antinacionalista, demostrada por una distribución de voto muy homogénea, con éxito notable en Madrid en las elecciones del bipartidismo y partido marginal en el resto por muy dignos que sean sus resultados. Se está labrando una imagen y ha de optar por un modelo de partido pequeño pero influyente, frente a la tentación del activismo callejero que podría llevarle al alambre del extraparlamentario. Su viabilidad también depende de terminar la transformación de movimiento cívico en partido político.

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jueves, febrero 28, 2008

Estudio o leyenda

Cuando dedicas lo más granado de tu juventud a estudiar oposiciones a Registro de la Propiedad el destino natural es deslindar el mundo en parcelas. La propiedad es el pegamento de la convivencia y su orden natural la jerarquía de los títulos debidamente obtenidos. Sólo se admiten cambios por transmisiones de derechos legítimamente adquiridos. Las servidumbres de paso se convierten en dominios apenas el nuevo intruso pone el pie de su igualdad en la finca cuyos límites y cultivo tanto costó hacer. Rajoy tiene alma de agrimensor y mente de jurista y le subleva esa inversión de derechos.

(
Alexander Rodtchenko, Escalera, 1930)
Siente una lógica indignación ante un mundo cuyo orden y concierto se rige por otras reglas, igual de fijas que sus valores –aunque parezcan aleatorias- pero de gestión incierta y, por tanto, sin garantías en el resultado del nuevo reparto. Tradición, mérito y capacidad han sido sustituidos por igualdad y negociación como pilares del nuevo orden. Se desprecia la jerarquía del saber y hacer: ya no hay escalafón sino concurso de quienes se creen iguales con independencia de lo que hagan. Ya no hay ejército, institución, sino ejercicio, mero uso. Y se enfada con razón pero con una razón antigua, que se desmorona y ya está moribunda. La adopción de niños por homosexuales, las familias mono o pluriparentales no pasan por la procreación para reclamar y conseguir su derecho de filiación. Las leyes sociales se divorcian de las jurídicas y del temario de las primeras no se puede apropiar un único opositor.

Mientras tanto, Zapatero se iba criando en la vida orgánica de un partido formado por aluvión y que pudo prescindir rápidamente de su vieja ideología porque su objetivo no era ilustrar sino revertir la historia, vindicar a los desposeídos a través de la toma del poder. Esa sed de generaciones, mezclada con el servilismo que les había impuesto el abuso, cuajó en una religión de partido. Disciplina y sumisión como tejido interno y misión como destino político. Los tiempos fueron achicándose en grandezas y propósitos e hicieron el resto: el nuevo líder triunfó porque era lo que el pueblo necesitaba, un mesías de cercanías. No hay amoralidad ni menos canallada en su conducta sino mito puesto por fin al alcance de los medieros sin apenas renta antigua que pagar. Gobernará, con o sin necesidad de ceder, repartiendo poder porque es el modernizador del frente popular. Los intrusos en ese frente, las viejas burguesías nacionalistas y regionales, le agradecen su confusión de clase.

Quien no se dedica a estudiar con método en la época en que tal ejercicio hace músculo moral, la juventud, adora enseguida las leyendas suplentes que le enseñaron y amuebla su imaginación con una arcadia de excluidos por la historia a los que por fin ha llegado el turno de ocupar el Registro de la Propiedad. Ya no hay notas marginales ni tomas de razón sino asaltos pacíficos.

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