Herniados, quebrados, leed.
En El País de ayer, rincón inferior izquierdo de la portada, aparece un anuncio de artículo que sigue en páginas interiores: El toque de la izquierda. La entradilla-cebo es de escapulario: “La mejor manera de que no exista racismo es echar a los negros. Es un argumento de la derecha para alejar los miedos. La izquierda empieza a descubrir el mismo guión.” En tiempos de necesidad e inocencia esas esquinas de las portadas se destinaban a anuncios de relleno o de auxilio social, como aquél de “Herniados, quebrados, leed”. La técnica publicitaria sigue igual, con la oferta de una prótesis tranquilizadora para lectores quebrados de izquierdas. Sin la maldad atávica de la derecha, ¿cómo sobrellevar la hernia?
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En el origen fue Espiados con cámara oculta, después Observados en público y cerrado, desde hace poco Perdidos, ahora Encadenados. La realidad termina pareciéndose al reality show, dando la razón a Picasso cuando contestaba al reproche de que su retrato de Gertrude Stein no se parecía al modelo: "Descuida, que ya se parecerá..."
Sabroso, incisivo y canino artículo de Félix de Azúa sobre una náusea existencialista producida por la invasión de la cultura, muy sartreana malgré lui: Cultos hasta la náusea. Se pasea por el alambre de la denuncia de la cultura como cemento social (“...ya que la cultura es hoy el único contenido de nuestras vidas, como en otro tiempo lo fue la religión”) con riesgo de caer en la denuncia como cultura, en una eterna dependencia e inútil correr tras la capacidad de asimilación propia de la cultura de Estado.
Primero fue todo religión, luego política (¿se acuerdan a finales de los 70?) y ahora todo es cultura. La política sustituyó a la religión como colonizador del territorio común de los individuos, confiscándolo como público. Ahora la cultura se apropia de lo público como social y hace su deslinde y desmonte mucho más difícil: “La eliminación de lo político en la vida individual mediante una tutela estatal sobre todas las actividades del ciudadano (asimiladas como "culturales"), elimina también la génesis del diagnóstico y reúne al izquierdista utópico y al liberal radical en la misma prognosis.” Sin embargo, la distinción que hace Azúa de objetos culturales entre valores y mercancías no es de recibo, ya que son precisamente los valores los más comercializados. Véase si no la rentable operación de marketing hecha por el Barça con la solidaridad como negocio a través de su publicidad gratuita de Unicef. Negocio doble, por económico e influencia cultural, que demuestra la conversión de cualquier valor popular (es decir, con capacidad de transformarse en aglutinante social) en nutriente objeto cultural, operación en la que desaparece la autonomía del individuo como posible sujeto de tal valor. “La cultura del poder propone de una parte objetos culturales como no-mercancías, como valores autónomos que no deben ser sometidos a mercantilización (la identidad cultural, el patrimonio nacional, los creadores autóctonos, etc.), pero por otra parte protege de modo incondicional (y acorde con el sistema, especialmente en los gobiernos simbólicamente socialistas) los beneficios del empresariado cultural.” La mercantilización no es más que el envoltorio de esta democracia cultural.
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