sábado, mayo 10, 2008

Herniados, quebrados, leed.

En El País de ayer, rincón inferior izquierdo de la portada, aparece un anuncio de artículo que sigue en páginas interiores: El toque de la izquierda. La entradilla-cebo es de escapulario: “La mejor manera de que no exista racismo es echar a los negros. Es un argumento de la derecha para alejar los miedos. La izquierda empieza a descubrir el mismo guión.” En tiempos de necesidad e inocencia esas esquinas de las portadas se destinaban a anuncios de relleno o de auxilio social, como aquél de “Herniados, quebrados, leed”. La técnica publicitaria sigue igual, con la oferta de una prótesis tranquilizadora para lectores quebrados de izquierdas. Sin la maldad atávica de la derecha, ¿cómo sobrellevar la hernia?

En el origen fue Espiados con cámara oculta, después Observados en público y cerrado, desde hace poco Perdidos, ahora Encadenados. La realidad termina pareciéndose al reality show, dando la razón a Picasso cuando contestaba al reproche de que su retrato de Gertrude Stein no se parecía al modelo: "Descuida, que ya se parecerá..."

Sabroso, incisivo y canino artículo de Félix de Azúa sobre una náusea existencialista producida por la invasión de la cultura, muy sartreana malgré lui: Cultos hasta la náusea. Se pasea por el alambre de la denuncia de la cultura como cemento social (“...ya que la cultura es hoy el único contenido de nuestras vidas, como en otro tiempo lo fue la religión”) con riesgo de caer en la denuncia como cultura, en una eterna dependencia e inútil correr tras la capacidad de asimilación propia de la cultura de Estado.

Primero fue todo religión, luego política (¿se acuerdan a finales de los 70?) y ahora todo es cultura. La política sustituyó a la religión como colonizador del territorio común de los individuos, confiscándolo como público. Ahora la cultura se apropia de lo público como social y hace su deslinde y desmonte mucho más difícil: “La eliminación de lo político en la vida individual mediante una tutela estatal sobre todas las actividades del ciudadano (asimiladas como "culturales"), elimina también la génesis del diagnóstico y reúne al izquierdista utópico y al liberal radical en la misma prognosis.” Sin embargo, la distinción que hace Azúa de objetos culturales entre valores y mercancías no es de recibo, ya que son precisamente los valores los más comercializados. Véase si no la rentable operación de marketing hecha por el Barça con la solidaridad como negocio a través de su publicidad gratuita de Unicef. Negocio doble, por económico e influencia cultural, que demuestra la conversión de cualquier valor popular (es decir, con capacidad de transformarse en aglutinante social) en nutriente objeto cultural, operación en la que desaparece la autonomía del individuo como posible sujeto de tal valor. “La cultura del poder propone de una parte objetos culturales como no-mercancías, como valores autónomos que no deben ser sometidos a mercantilización (la identidad cultural, el patrimonio nacional, los creadores autóctonos, etc.), pero por otra parte protege de modo incondicional (y acorde con el sistema, especialmente en los gobiernos simbólicamente socialistas) los beneficios del empresariado cultural.” La mercantilización no es más que el envoltorio de esta democracia cultural.

Etiquetas:

sábado, abril 19, 2008

Un reportaje no hace periodismo

Tiene razón el periódico al decir que un caso no hace estadística. Tanta como que este reportaje no hace periodismo pero sí lastra y engorda a ese animal inerte y pesado llamado opinión pública. Sobre todo cuando el titular es tan ficticio que resulta irrefutable con datos reales: El enfermo mental no es más violento que el sano. La tesis es la consigna dominante para la salud mental en las sociedades occidentales desde el advenimiento de la antipsiquiatría: Los expertos prefieren al enfermo libre y bajo tratamiento, con un epílogo muy actual de sociedad enferma y atención personalizada... pero faltan psiquiatras. Al cierre del manicomio como institución sucedió el cierre de la lógica como razón práctica: faltan recursos para proporcionar esa atención [al enfermo mental], [pero] nadie dirá que el de Murcia es atribuible a los pocos medios. ¿Qué pasó entonces, descontando la consabida culpa social (fuenteovejuna) del crimen? "Además de enfermo mental, Carotenuto es toxicómano, y eso hace que su comportamiento sea mucho más impredecible", declara el subdirector general de Salud Mental de Murcia. Con la droga, harina de similar opinión pública, hemos excusado la política de inhibición oficial ante la salud mental: prohibido internar (el 86% de los enfermos mentales viven y están al cuidado de sus familias).

Que un caso no haga estadística quiere decir que no hace política; por eso las decenas de mujeres (madres cuidadoras de hijos esquizofrénicos, en su mayoría) víctimas de estos enfermos mentales pacifistas tampoco la hacen porque no existen, ya muertas o anónimas. Incluso su número diluye el drama sensacionalista del caso aislado de la decapitada de Santomera. Porque no es cuestión de qué número de víctimas hace verano legislativo sino del lugar que ese tipo de violencia ocupa en el rígido escalafón dictado por la opinión dominante. Y aquí sí entra bajo palio el periodismo como apuntador de esa opinión y El País de hoy como demiurgo de violencias. Lo hace al elevar una violencia menor que la decapitación a mayor en penalidad social: Cuatro años sin ver a su hija por haberla pegado. Y ratifica esa jerarquía inversa de violencias al cambiar las noticias-opiniones de sección oportunamente, desde la nueva y canónica Vida&artes, donde aparece el reportaje que exime al enfermo mental de culpa, a la clásica de Sociedad, donde sólo se reseña pudorosa y resignadamente la pena impuesta por dar cuatro bofetadas a su hija. Sobre El periódico y la influencia escribe también hoy, con su habitual precisión, Arcadi Espada.

El riguroso orden interno de la violencia punible fijado por el valor social que la opinión pública atribuye a cada una de sus formas se confirma en el mismo periódico del día por el artículo de opinión de Antonio Elorza: La igualdad y el poder, a propósito del feminicidio del nuevo gobierno: “No era un secreto el limitado acceso de la mujer a puestos de responsabilidad. A ritmos desiguales todo esto ha cambiado y la explosión de la violencia de género tiene mucho que ver con ello. Cabe pensar que sólo cuando la situación de igualdad de género sea plenamente establecida y asumida podrá alcanzarse la normalización en las relaciones entre los sexos. La opción del Gobierno favorece esa orientación”. Explosión de la violencia de género que por supuesto no tiene contrastación estadística posible al carecerse de datos homogéneos en series históricas y al ignorar que España tiene un índice per capita bajo-medio de ese tipo de violencia en Europa. Al final resulta que el periodista se equivoca cuando hace de metrónomo social, invirtiendo Pesos y Medidas de violencia.


(Raymond Depardon: fragmento del documental sobre el Hospital psiquiátrico de San Clemente, 1980)

Etiquetas:

sábado, septiembre 22, 2007

Recado de escribir

La columna clásica del periodismo, la que no era salomónica porque no tenía posibilidad de enredarse (su vida terminaba en el lector, no había red que la tejiera, ni la sostuviera, ni la desviara y deformara, como internet ahora), parece que era cosa que producía gran placer: “Escribir puede ser más tedioso que placentero, y el periodismo más una degradación que un deber. Pero escribir una columna regular sobre cualquier tema que se nos ocurra es uno de los grandes privilegios de la vida.” Tanto que George Orwell “celebró su deliciosa libertad titulándola ‘A mi gusto’ cuando le ofrecieron una columna en el Tribune, en 1943” (El Arte de escribir columnas, Paul Johnson). Del mismo modo que hay una época en la vida que fragua la personalidad, hay oficios inciertos y expuestos como el periodismo de columna que la moldean continuamente, como un exiliado que mirase desde una galería extraña a hechos e historias cambiantes y ajenos. Anímense pues quienes tienen recado de escribir.

El origen de la columna es anterior al periódico, a su regularidad, y Johnson lo cifra en “Montaigne como columnista fundador y Francis Bacon como su sucesor”, aunque hasta el siglo XVIII no puede hablarse del nacimiento de la columna moderna: “Ya en tiempos de Shakespeare había bien informados caballeros londinenses que escribían columnas regulares sobre la vida en la capital, para informar a la nobleza rural. Pero no se trataba de ensayos reflexivos sino de boletines. El Spectator de Addison y Steele era un periódico con columnas, al igual que el Rambler, el Adventurery, el Idler de Samuel Johnson, el Watchman
de Coleridge, que duró sólo diez números”. En sus inicios los escritores se encargaban de imprimir su columna, como los enciclopedistas de conseguir suscriptores, marquesas y mecenas para sus artículos. “Eran los columnistas de la edad heroica”, admira Paul Johnson.

Al precipitarse sin la actual red sobre el conocimiento y el gusto del lector, su principal rasgo era la autonomía, de tema, planteamiento, alcance y medio de publicación. Es decir, la propiedad de su autor. Y la libertad que sólo otorga la propiedad. Johnson la dibuja además como ensayo breve, regular, pulcro y legible y con “una satisfactoria mezcla de conocimiento, argumentación, opinión personal y revelación de carácter”. Un reconstituyente intelectual sin efectos secundarios.

Columna de Addison publicada en Spectator, 7 de junio de 1711.

Los temas que trata permanecen a lo largo del tiempo porque su interés y vigencia los dicta la condición humana: “(...) las calamidades, la educación, el arrepentimiento, la conversación, los pensamientos sobre la muerte (Montaigne); y las riquezas, la juventud y la vejez, la amistad, la ambición, el matrimonio y la soltería (Bacon), aparecen continuamente en columnas escritas a fines del siglo veinte. Estos dos hombres experimentados e inteligentes abordaron muchos de los principales problemas que preocupaban a la gente en el siglo dieciséis, y que también hoy provocan nuestro interés y desconcierto, y que todavía serán piezas del mobiliario intelectual humano mientras dure nuestra raza.”


Pero los medios de difusión (que no sólo de publicación) de la columna cambian, y ésta se engasta primero en el periódico y después como eslabón del hipertexto que fabrica sin cesar internet, sobre todo cuando adopta la forma de blog abierto a comentarios hasta el amanecer. Con suerte, y si su forma final es redonda, puede ser parada y fonda como estación de guarda agujas, haciendo girar varios discursos a su alrededor. Los lectores pasan de admirar a comentar. Y las lecturas –más que los lectores- multiplican el sentido de la columna y su carácter evocador y provocador. Si internet es la continuación de la imprenta por otros medios y la lectura pasa de ser individual a multitudinaria y simultánea (en el límite, la confusión), el efecto inicial de la red y sus medios (blogs, etc.) es multiplicador de información y de conocimiento, movilizador de antiguos refugiados en el barrio o en la ciudad de provincias. Y, también, generador de diálogo. Dada su capacidad, internet desborda esos logros de ilustración iniciales para convertirse en difusor más que instructor, flautista de egos y productor de compulsión. Un espacio abierto que a veces es instrumento útil de creación y otras se encastilla en camarotes de los hermanos Marx como refugios de quejas y opiniones gregarias. Por los ojos y en el espejo muere el pez.

En cuanto a su enorme y potencial capacidad de influencia, la red se entrampa en la maraña de su trama: se circula deprisa, deprisa, sin la debida estancia en las trincheras que cultive el criterio. Se disuelve la crítica que oriente en el laberinto. No es sólo un fenómeno de proliferación de informaciones, opiniones y conocimientos (requisitos de la vieja columna), de extensión con densidad pero sin intensidad -que también-, sino de predominio de fines individuales –recuperación de la identidad, salida del anonimato- por encima de usos y ritmos que implicarían una feliz servidumbre en el largo camino del conocimiento.


El columnista dispone como un arquitecto del tema, personajes, datos, sensaciones y mensaje como materiales a los que dar forma en un proyecto cuyo planteamiento gestará una historia y una estética y al que el estilo convertirá en edificio. Incluso puede hacer estructuras sólidas construidas con materiales humildes, como los templos budistas, pero si los trata con grandeza y orden brillarán como norias al atardecer en el país de los dioses. Dos de esos acopios menores son la confidencia y la complicidad con el lector. En cambio, uno principal es el estado de ánimo, que decía Márai que era el periodismo. Un ánimo en vigilia permanente: “Imaginaba que el periodismo consistía en andar por el mundo y observar ciertas cosas, todas irrelevantes, caóticas y sin sentido alguno, como las noticias, como la vida misma... Y ese trabajo me atraía y me interesaba. Tenía la sensación de que el mundo entero estaba siempre lleno de acontecimientos de actualidad y de hechos sensacionales”.


La utilidad se la darán el valor que pueda tener la columna como noticia y el arte cuando sea “bella y gratuita”, como decía Umbral de las columnas de González-Ruano. Gratuidad que incluye el olvido como destino: “Esta profesión lleva en el tuétano la maldición del olvido”, decía Ruano del periodismo. Olvido en el que hemos instalado a los grandes columnistas del periodismo español del siglo veinte, desde muertos recientes como Cándido (y Umbral, al tiempo) hasta Mariano de Cavia, Julio Camba, Fernández Flórez, González Ruano o Cansinos Assens.


El columnista atado al recado de escribir se libera como nómada y moroso con este dictamen: “¡Ah!, qué maravilloso romper las cadenas del mundo y de la opinión pública: perder nuestra identidad personal, --que nos importuna, atormenta y atenaza-- y convertirnos en criaturas del momento, libres de toda atadura –agarrarnos al universo sólo mediante un plato de mollejas, no deber nada más que la cuenta de la cena- y, sin buscar el aplauso ni sufrir el menosprecio, ser sólo conocido con el título de El caballero del salón” (William Hazlitt, Sobre el arte de viajar / El arte de caminar, según traducciones).

(Aparecido en Nickjournal 7 sept. 2007)

Etiquetas:

viernes, noviembre 24, 2006

Tarde de otoño


Leer ordenadamente un periódico estructurado y previsible proporciona mucho consuelo en estas tardes de vice invierno. Se empieza por el mundo, pensar en global y actuar en local, Canadá y su nación preventiva: “
Quebec es una nación, en el sentido sociológico, dentro de Canadá [resto ontológico], de forma que la solución es que los quebequeses sean una nación en un Canadá unido, no que Quebec sea una entidad legal” (El País, hoy), declara el candidato liberal y politólogo Stéphane Dion. El primer ministro y sus aliados liberales para la ocasión se adelantan con esta moción a la propuesta por el separatista Bloque Quebequés, de profesión ignorar referéndum. La política preventiva de males mayores es típica del pusilánime que quiere contentar al portero perdedor ya de dos juntas de vecinos, el cual basa el éxito del negocio prestado en prevenir la debilidad del casero. En este juego de prevenciones gana el espíritu del súbdito: “Canadá se asoma a su alma nacional”.

Juego que también es de provocaciones y provocados. En el apartado de externos del periódico, Félix Ovejero concluye su tesis sobre estos síndromes de Estocolmos, Barakaldos y
Vilfredos con certero diagnóstico “Al final, las razones del siervo acuden a la cita de los poderosos indignados”, habiendo aclarado previamente donde radica el poder hoy, en la chulería, y su yunque de fragua: la cerviz del amedrentado, antes Estados y gobiernos.

Recupera el periódico decano del poder el discurso sobre la raíz del problema, sobre el lugar del poder: la disciplina como mal, que es decir el orden ajeno como demonio propio. Se pregunta y responde Soledad Gallego-Díaz, a propósito de la creación de las
Unidades Militares de Emergencia, en sustitución de las unidades regionales de protección civil: “¿Qué hay de malo en ‘civilizar’ el Ejército? Nada, pero quizás lo que está sucediendo es que con ese cuento se termina por militarizar lo civil, lo que quizás es mucho menos conveniente. Sobre todo si se tiene en cuenta que la primera característica de lo militar es, sin discusión, la disciplina” Un contradictorio “sin discusión” demuestra que la disciplina bien entendida empieza por los demás. No es la disecada disciplina, Soledad, el blanco de la necesaria crítica, sino los nuevos artilugios que inventa un poder difuso en el tiempo de las comunidades autónomas e infuso en las circunstancias de las catástrofes. Es lo irreversible del poder transferido, lo imprevisible de la catástrofe y lo invisible de la intención de extender el dominio lo que hay que desmontar. Tampoco sirve ya el viejo resorte para lectores de cupón de ‘civilizar’ lo militar, caja de reclutas del biempensante progresista. Es precisamente la falta de disciplina que supone tener que sortear las competencias regionales en protección civil –divino tesoro- para recuperar las propias de un estado central como medio vergonzante de dominio. Un truco de porteros, de súbditos astutos que trasladan la sumisión al propietario de la finca porque está de vacaciones morales.

Etiquetas:

sábado, noviembre 18, 2006

Periodismo salomónico (y II)


La columna periodística participa de tres cualidades, repetición del mensaje, cadencia y apariencia de variedad para ocultar las dos primeras. “La repetición es como la diferencia sin concepto.” (Deleuze, en su obra 'Diferencia y repetición', citado por Vicente Verdú en su columna “El proceso del proceso”, El País, 16 de noviembre de 2006) Ese poder diferenciarse de la masa sin la molestia de tener que dotarse de un concepto propio de sí (que, por otra parte, lo excluiría del nuevo tráfico) es la demanda que el lector fiel hace al periódico.

El rol actual de la columna en la prensa escrita es el de pilar retranqueado que destaca la fachada, con la doble condición de camuflaje y sustento del periódico. Es instrumento relevante del proceso de fijación de lectores y de influencia en la opinión pública (en la medida que se pueda hablar de ‘opinión pública’). La importancia del sentido moderno de proceso no es su objetivo sino su propia naturaleza movilizadora de lealtades, expuestas en forma de complicidad, y -a la vez- desmovilizadora de rebeliones. Objetivos como la paz –en el proceso de paz- o la creación de opinión pública –en el periodismo- no son más que señuelos de los verdaderos mecanismos de disciplina social: la adscripción del espectador al proceso a través de su secuencia repetitiva de mensajes. “Así Freud mostró cómo la práctica de la repetición se encuentra unida al principio del placer y de una manera especialmente voluptuosa en los deleites infantiles” (Vicente Verdú, artículo citado)

Los columnistas han pasado de ser adorno que esponjaba la densidad del periódico decimonónico –modelo vigente hasta finales de los 70- a portavoces del interés de la empresa editora a través de la opinión publicada. Requisito de su eficacia es que no lo parezcan y aquí aparecen la cadencia de publicación y la variedad simulada de opinión, evitando la adscripción inquebrantable a la idea prevista. Es el periodismo salomónico, la columna que se enreda en sus propias maniobras de distracción de la consigna, el cuerpo de guardia de la doctrina formado por los Millás, Rivas, Maruja Torres, Ramoneda, que permanece tan inamovible como sus servidumbres lo permitan. El triunfo del mensaje barroco, cuyo relato desata afinidades pero cuyo sentido oculto es difícil de desentrañar.

(Gotfried Helnwein, Self-portrait, 1984)
La estructura del periódico clásico que aspiraba a ser hegemónico –El País, en España- se fundaba en secciones, editoriales y artículos de colaboración, presentados con un orden constante que transmitiera sensación de estabilidad y pertenencia al lector. Editoriales y artículos eran el imprescindible pienso intelectual para un país necesitado de una cultura modernizadora. La transición política no se podía hacer sin una transición cultural y económica hacia nuevas oligarquías y mecanismos de distribución del poder que repusieran el orden público. La imagen cosmopolita la ha proporcionado el mantenimiento de la sección de internacional en primer lugar. Con la instalación de esos nuevos poderes a partir de los 80, pierde sentido el suministro intelectual a la población y emerge la necesidad de di-versión para aglutinar a los nuevos clientes, manteniéndolos dispersos pero idénticos. Entonces, la columna -como tradicional espuma de los días de la prensa- adquiere protagonismo en la transmisión de significado público. La columna ofrece al lector una información seleccionada –sesgada- con el estilo ligero y acomodaticio que requiere la posición múltiple del lector en la comunidad, su condición versátil de cliente. El columnista adscribe al lector de El País a las referencias culturales dominantes, que le hacen sentir partícipe de una minoría ilustrada y selecta. Es una oferta de posición de centralidad sin impresión de secta ni compromiso intelectual. De ahí la necesaria dosis de frivolidad –de “artefactualidad”, Derrida- propia de la columna respecto al artículo de fondo.

La columna juega entonces con la fuerza comunicativa de la imagen. Parafraseando a Derrida (‘Ecografías de la televisión’), los medios han adquirido una posición de centralidad que permite a su discurso impregnar las referencias en el espacio público, apareciendo lo que llama ‘artefactualidad’, una simbiosis de artificialidad, artefacto y actualidad.

Etiquetas:

miércoles, noviembre 15, 2006

Periodismo dórico… (I)

(Gotfried Helnwein, 'Untitled' 1998, Berlín)

El artículo es el capitel del periódico que desvía la atención de las columnas -salomónicas o sectarias- que soportan la identidad del medio. No es un mero adorno ni timbre de estilo sino banderín de enganche y fidelidad de lectores y vehículo de difusión de la opinión del diario, más que de la de su autor.

La ventaja comparativa de la prensa respecto al resto de medios es el prestigio que la imagen de marca de sus articulistas infunde al lector y la sensación de pertenencia a una elite informada e influyente que éste tiene por ser habitual. La prensa queda como línea constante que recorre la opinión por encima de los escombros en que lo efímero convierte a las noticias. Si Ortega decía que "la filosofía es incompatible con las noticias", lo decía también como colaborador habitual de El Imparcial y El Sol. Luego la filosofía, como construcción no consumible por lo cotidiano, es compatible con el periodismo. La rápida muerte de las noticias –su lectura atrasada es la del moribundo- deja vía libre al periodismo de opinión armado por los articulistas. El afán del lector de un diario de prestigio por distinguirse de la muchedumbre lo fideliza al periódico que le ofrezca esa distinción, tanto honorífica en valores intelectuales como real de pertenencia al poder que tiene la opinión dominante. No es un fenómeno nuevo; continuando con Ortega: “la muchedumbre, de pronto, se ha hecho visible, se ha instalado en los lugares preferentes de la sociedad. Antes, si existía, pasaba inadvertida, ocupaba el fondo del escenario social: ahora se ha adelantado a las baterías, es ella el personaje principal. Ya no hay protagonistas: sólo hay coro.” Antes eran las "masas invisibles" de Canetti (Masa y poder’) que Freud había diseccionado en Psicología de las masas. Pero la plebe sigue sin detentar el poder. Los mecanismos para compartir (que no distribuir) el poder de la opinión siguen basándose en la simbiosis entre articulista marcado por su imagen de presentación en el periódico y lector cooptado y designado por el prestigio de esa imagen.

Frente a la supuesta dictadura de audiencias, share, cuotas de difusión y diarios gratuitos –artilugios sólo útiles para publicistas- es la opinión selecta la que fabrica poder a través del intercambio de prestigio entre articulista y periódico. Ese efecto multiplicador garantiza la supervivencia de una prensa minoritaria ante la expansión de los medios de imagen y sonido.

La opinión participa de la época de marcas. Por encima de su contenido y por debajo de su eco privado o público, el mensaje es la imagen de marca atribuida al autor. El mensaje sólo es el medio en la medida en que éste se ha erigido en producto de lujo y modelo de consumo intelectual. Y el mensaje lo da el medio, no el opinador, preso en la cárcel de prestigio o infamia a la que sus títulos a pie de artículo le condenan. Encontrar la objetividad en esa maraña comercial de etiquetas, esa “descripción de los hechos con independencia de las convicciones” (Arcadi Espada), queda para analistas y sociólogos de llegada tardía a la ceremonia de celebración de los hechos, mientras el lector pasea por el periódico como por las tiendas de marcas, buscando su afinidad. Una afinidad a la que pide también historia como entretenimiento y tema como confirmación del pedigrí del autor, pero de cuyos hechos desnudos prescinde porque la objetividad anula la eficacia de la marca. Esa afinidad es la cohesión que hace eficaz el mecanismo de circulación de poder formado por medio, lector y círculos respectivos de difusión.

(Lee Miller, 'Nonconformist Chapel', Camden Town, London, 1940 © J. Paul Getty Trust)


Si “masa es todo aquel que no se valora a sí mismo por razones especiales” (Ortega), el lector de El País –como arquetipo de diario y lector selecto y seleccionado por la elite del periodismo- aspira diariamente a tener razones especiales en forma de articulistas prestigiosos de guardia para no sentirse masa. Por supuesto, ese prestigio no lo da el contenido del artículo ni la objetividad de los hechos analizados, sino que es función directa de la marca del autor que figura a pie de texto y de su constancia de publicación. Y la opinión pública como producto derivado depende de esas variables más que del supuesto dictamen imparcial del oráculo famoso en forma de articulista.

Es conocida la anécdota del debate interno que hubo en El País sobre el significado de la declaración “Diario independiente de la mañana”: se llegó a la única conclusión posible de que sólo era independiente… de la mañana. Ente abstracto pero puntual que otorgaba licencia para depender de o fabricar intereses afines.

El lector es mirón y, como máximo, supervisor de imágenes, dispuesto a abandonar cualquiera de sus marcas favoritas si no responde al placer esperado por su consumo. No pretende conocer la calidad de la moda ni mucho menos su proceso de fabricación, sino exhibirla y confortarse al comprarla. Por eso le causaría desazón un articulista sin etiqueta. Especialmente sin la etiqueta prevista. El control de calidad era antes la tarea del erudito, confinado en su biblioteca y sin más trascendencia que la académica, pero ejemplo para gentiles. La denominación de origen ahora atribuida al autor por su medio de exhibición es su mismo final.

El prestigio del periódico y del articulista es consolación del lector, por lo que si el autor quiere recuperar su discurso conviene que escriba sin títulos que lo acrediten (o desacrediten). O que se monte en la independencia de su propio blog, para que se le juzgue por sus obras y no por las pompas donde aparece. Hablar del columnista salomónico queda para una segunda entrega.

Etiquetas: