30 de octubre de 2009

Noticia de la mentira

Juan Muñoz: Last Conversation Piece (1994-1995), Hirshhorn Museum

(*) Periodismo, política e historia comparten la atracción por la mentira como una de las materias primas de sus respectivos géneros. La fascinación de la mentira va más allá de su condición moral y está unida a su carácter escandaloso. Atrae a un público necesitado de proveedores de imaginación, aunque ésta no surte efecto hasta que consigue desmentir los hechos, des-hacerlos. El éxito de la mentira necesita de su repetición, que tiene pretensiones de mantra, de liberación del pensamiento que confunde a la mente y del tedio de lo real que abruma la vida de los hombres. Su constancia es como un rezo, una invocación a alguna divinidad inapelable que evite su contraste con los hechos.

Tramar historias con la mentira como tejido tiene la virtualidad de las artes, cuyas obras son un fracaso y resultan inverosímiles cuando se pliegan a los hechos. En La decadencia de la mentira, un tratado paradójico sobre el asunto, Oscar Wilde dice que “es un deber ineludible intentar la renovación del antiguo arte de la Mentira”. No se refiere a la mentira utilitaria que practican los padres en la educación de los hijos o los políticos en el manejo de las masas para domesticar ambas generaciones, sino a “la única forma de mentira que está absolutamente fuera de reproche, la de mentir por mentir, [cuya] manifestación más alta es la Mentira en el Arte”

La mentira política moderna no consiste en faltar a lo prometido o traicionar un pacto, prácticas cuya moralidad está más que amortizada, sino en fabricar una ilusión que supere a los hechos de la plana realidad, triste por mala reputación. Palabra y lealtad exigen demasiado tiempo para poder comprobar su vigencia y se convierten en lastres para una política cuyo éxito depende de la repetición de imágenes y mensajes instantáneos, por tanto efímeros y sustituibles por otros de su misma naturaleza. La doble representación en que consiste la política, la teatral y la formal delegación de poder de los electores, necesita un escenario donde la mentira sea un papel más de los actores y un recurso de la ficción.

Sólo en aquellos países de cultura protestante, donde mentir es pecado, la mentira política es religiosa y puede incapacitar a su autor por traicionar la conducta pública que de él se espera. La mentira pública coincide con el pecado en que no prescribe y ese carácter indeleble aumenta su leyenda. Ambos necesitan del perdón para redimirse, aunque no para ser olvidados. En cambio, se diferencia de él en que su contrario no es la verdad (la virtud) sino el hecho. Las mentiras iniciales de Clinton sobre su relación con Monica Lewinsky y de Ted Kennedy sobre el accidente de Chappaquiddick rompen el carácter ejemplar que se atribuye al personaje público pero a la vez desatan su leyenda humana. La ficción moral es sustituida por la ficción popular. En la mentira pública, descubierta por los medios y esperada con fervor por los espectadores, hay un poder laico y liberador del libreto del personaje pero su proceso de denuncia y redención por confesión es religioso. El objeto no es tanto restaurar el hecho como la vuelta al redil. El mismo mensajero que explota sus engaños, el periodismo, se encarga de recuperar y entronizar los sucesos, quedando en medio las historias inventadas como inútil intento de transgresión pero útil alimento del público.

La mentira se diferencia del delito en su vigencia y en su dificultad para ser codificada, quedando así exenta de la ley y de la medida del tiempo. Mentir sobre el pasado no tiene escapatoria pero hacerlo respecto al futuro desacredita al acusado, puesto que no admite prueba en contrario. Ésa es la utilidad de la acusación del senador Joe Wilson a Obama y por eso la hace en el momento más débil de su discurso sobre la reforma sanitaria ante el Congreso, cuando el presidente promete que los inmigrantes ilegales no tendrán asistencia sanitaria garantizada (que no provista) por el gobierno. El senador añade dos notas que aumentan el poder de la inculpación: califica su acto de "espontáneo", asociándolo a la sinceridad que se suele atribuir a la intuición, y su disculpa es personal, ante el presidente y no ante el Congreso, evitando el templo que podría acusarlo a él mismo de mentiroso. Wilson es un artesano de la mentira.

(A estas bajuras huelga decir que lo anterior no tiene muchos visos de ser cierto)

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7 de octubre de 2008

Operación retorno de Memoria

(*) Es la grey y no la ley el verdadero objetivo de la operación Memoria histórica. Es el dominio de la grey -en especial de las generaciones que por edad no pueden tener memoria de lo ahora reconstruido-, no la reparación legal de agravios ni el reconocimiento institucional del bando perdedor, que son secundarios.

Unos vecinos de un modesto pueblo de Cuenca me decían, vehementes, que tenían un “convento de todo confort”, como muestra más de su historia que de su patrimonio artístico. El convento del que se mostraban tan orgullosos estaba desvencijado, c
on medio tejado hundido y tantos desconchones como deseos de los paisanos por disponer de un pasado mítico que enseñar a los pueblos de alrededor. Era su único medio de sobresalir y hubieran echado a la fuente a cualquier forastero que dudara del valor de aquellas ruinas. Su reconocimiento por el mundo, a través de un incipiente turismo, dependía de reconstruir (no rehabilitar) aquel caserón. De inventárselo.

Nunca he oído una mejor descripción de la actual ofensiva de la memoria histórica: fabricarse un pasado “de todo confort” que te redima tanto de penurias antiguas como de incómodos usos de la razón actuales. Y dotarse de una imagen idealizada que te blinde ante cualquier análisis histórico. De ésos que se publicaban en los últimos años del franquismo y primeros de la Transición (época ahora oficial del “olvido pactado”), fuesen de hispanistas británicos o de historiadores españoles. Así que el primer y nada paradójico cadáver de esta operación de memoria es la historia. Como campaña política la memoria histórica es épica tanto por su tono legendario como por su campo de batalla: se desarrolla en todos los frentes, los tres poderes del estado, la televisión (Cuéntame, Amar en tiempos revueltos) y la prensa. Es ambiciosa y eficaz porque trabaja con el tiempo personal, induciendo un recuerdo idealizado en quienes no lo tenían y ofreciendo a los pobres de espíritu una doble riqueza, nostalgia de heroísmo e integración en un Pueblo que se resarce del olvido, todo ello sin el coste de la razón. Se explica en cuentos de hadas, que son de nadas pero que ofrecen al supuesto huérfano de la historia la satisfacción de un santoral compartido y la seguridad del calendario zaragozano.

Los principales destinatarios de la memoria histórica son, lógicamente, los jóvenes, a quienes se ofrece una libreta de recuerdos a plazo fijo, cuyos cupones irán cortando puntualmente los gestores políticos de memorias colectivas en cada convocatoria electoral. Quizás sea éste el principal motivo de la maniobra de la memoria histórica: permanecer en el poder activando en el elector los resortes más íntimos e irracionales –y, por tanto, seguros- del voto: los simbólicos y sentimentales mediante el antagonismo de imágenes y valores. Que tenga que elegir entre un miliciano impecable y un falangista invasor, entre el prestigio del perdedor y la violencia del vencedor. Y que se le ofrezcan mitos y leyendas como garantía (por ser incontrastables) de reparación personal de pasados corrientes, rutinarios, de ésos que no se pueden contar sabedor uno de su condición ordinaria. Cuando al hombre común se le ofrece una máscara, el refugio que proporciona la fama colectiva y el confort de integrarse en una leyenda vencedora, instalada en la cultura y hecha institución, da su voto gratis y por varias legislaturas, puesto que el tiempo es la principal oferta de la memoria histórica.

Nada mejor que una memoria única como garantía de un pensamiento único. “Piel ritual sobre la piel verdadera, la máscara consagra al héroe”, dice Laura Restrepo en el reportaje de acertado título Vámonos al diablo. El poder de la máscara. Pero máscara significa bufón en árabe. Y en Méjico no hay mayor deshonra para el luchador, para el héroe popular de la lucha libre, que ser desenmascarado en el combate. La cuestión es que nuestro Superbarrio, el paladín local de la memoria histórica, no tiene contrincante que lo desenmascare.

(Superbarrio con un miembro del Ejército Zapatista de Liberación Nacional)

(*) Publicado en Nickjournal 15 sept. 2008.

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11 de junio de 2008

Opiniones de una urraca

(*) A un ilustre y ya viejo escritor australiano su editorial le encarga un capítulo para un libro de ensayos cuyo título, Opiniones contundentes, es una declaración de guerra y vida para la resignada vejez del novelista, que no ensayista. Este personaje autobiográfico sirve a J. M. Coetzee para escribir Diario de un mal año. La contundencia de las opiniones es un encargo de sensación para el público por parte del editor, al que el autor responderá con una aportación racional: radicalidad. Dado que es viejo, ilustrado y australiano (sudafricano blanco), tres condiciones marginales para la opinión dominante, moverse en los extremos de la contundencia del contrato y del ejercicio de la razón en lugar de la consigna no le costará nada. No hará más que volver a la racionalidad y cultura que, más que su oficio de intelectual, fueron motivos de admiración y deseo para las mujeres durante toda su vida. Y de consecuente orgullo masculino para él.

Así que volver a pensar en público y ser de nuevo deseado -a su edad- por una mujer, representada por su secretaria particular en la novela, aseguran su resurrección personal. Una reencarnación en macho que no será más que un testimonio público secundario como opinante, coincidiendo involuntariamente con la estrategia empresarial del editor. La forma de novela un tanto experimental -organizada en tres secciones de lectura independiente pero constantes en cada página- que da al encargo de ensayo no es sólo un recurso formal y una inercia de su estilo, sino una verdadera declaración de que reivindicar el juego de razón y deseo entre hombre y mujer no admite la asepsia sexual del catálogo de opiniones, sean discordantes o no con el canon vigente.

La salida de la clandestinidad a la que la corrección política ha condenado sus juicios, vida y obra es más carnal que política o ideológica, una rebelión de instintos y costumbres más que una incorrección pasajera, por lo que su efecto es más devastador para las nuevas conciencias de la extinción a través de la igualdad. Coetzee no hace tanto una denuncia de la alquimia repentina de viejas virtudes en públicas herejías como una proclamación de la personalidad de su república. Y de su paradójica vigencia. Sus opiniones contundentes son un destilado sentimental de la propia trayectoria vital del autor, sin más accidentes heroicos a destacar que haberse labrado una independencia solvente de criterio, que ya es bastante. Expuestas sin una irreverencia forzada ni afán provocador, esas opiniones resultan tan verosímiles como involuntariamente morales.

La confluencia de esos dos compañeros extravagantes, sabiduría y senilidad, recorre los juicios e impresiones de Diario de un mal año. La misma, pero con más estilo (y discreción), de que ha hecho gala Gore Vidal en el reciente coloquio del Festival Hay-On-Wye: "¿Dígame, señor Gore Vidal, a medida que se hace mayor, va encontrando la sabiduría? [pregunta el periodista]. -Senilidad es la palabra que está buscando, hijo, senilidad.” Esa displicencia con que la vejez disfraza la fatalidad de un mundo perdido es la que hizo a Kipling amenazar con su bastón a un periodista de Nueva York que se atrevió a preguntarle por sus opiniones personales. Aunque ante hechos flagrantes la reacción a un mundo que se siente como ajeno no espera y se muestra en plena madurez: "Estoy muy inquieto viendo tanta sandez", escribe Marañón a Ortega a finales de 1931, a propósito de la evolución que seguía la recién inaugurada República y que les hizo fundar al comienzo de ese mismo año la Agrupación al Servicio de la susuodicha.

Inquietud por ver tanta sandez, un estado histórico de indignación siempre propio de una minoría ilustrada que se siente jubilada por la invasión de los pánfilos. En los juicios de Coetzee no hay queja resignada ni reclamo moral sino restos de lucidez de un viejo observador: “En otro tiempo la pequeña franja de tierra que hay frente a la Torres perteneció a las aves, que hurgaban en el lecho del riachuelo y partían las piñas para extraer los piñones. Hoy se ha convertido en un espacio verde, un parque público frecuentado por animales bípedos. (...) Desde que empezaron a aparecer esos recién llegados, las aves se mantienen a prudente distancia. Todas salvo las urracas. Todas salvo la urraca jefe (así es como la considero), el más viejo, por lo menos el más majestuoso y maltrecho de los pájaros, del que imagino que es macho hasta el tuétano. Cuando estoy sentado en el banco, camina trazando lentos círculos a mi alrededor. No me está inspeccionando. No siente ninguna curiosidad por mí. Me está advirtiendo, me advierte que me vaya. También está buscando mi punto vulnerable, por si tiene necesidad de atacarme, por si llegamos a esa situación.”

Majestuoso, maltrecho y macho, tres avisos para corrales que los nuevos siervos emancipados hacen sonar con furor. Pero sin reto; los estorninos no retan, vuelan en bandada y velan el silencio con estruendo. La urraca, símbolo de curiosidad e independencia, repite nobleza al ser pintada por el Goya cortesano atada por una pata al infante Don Manuel Osorio Manrique de Zúñiga. El contraste entre la maldad simbolizada por los gatos y la inocencia del niño da paso a una imagen actual: la candidez de muñeco que muestra el poder representado por el infante.

(Don Manuel Osorio Manrique de Zúñiga, niño.)

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7 de abril de 2008

Vicios privados, virtudes socialdemócratas

Un caso más de vicios privados y virtudes públicas, con la acreditación que proporciona el testimonio personal, ofrece Rubert de Ventós en su artículo “No somos ni socialdemócratas”. La tesis es que la "naturaleza humana" impide a la especie “dotarse de un sistema económico un poco menos bestia que el puro y duro darwinismo social, donde prospera siempre el más fuerte”. La presentación de esa fatalidad es coherentemente religiosa: “Yo me avergüenzo de mis pecados, claro está, pero también de los de mi especie, de la ‘naturaleza humana’ que acarreo”. La contradicción es también consecuente con la matriz hegeliano-marxista del asunto: “Nuestra naturaleza humana no está a la altura de nuestros ideales”. Se ve que la poquedad de nuestra condición convierte al ideal en justificante de la barbarie: “Y que cuando lo ha intentado [la especie] -con el comunismo, por ejemplo- pronto se transformó en una burocracia tan cruel como ineficiente: en eso acabó el marxismo en nuestras manos”. En el mientras tanto histórico sucede el neoliberalismo como horizonte de cercanías, en el que incluye –muy ortodoxamente- al reformismo: “Igual han sucumbido en este mundo los intentos más "realistas" y comedidos como las curas paliativas keynesianas, socialdemócratas o reformistas, que sólo han prosperado para seguir alimentando esa especie de neoliberalismo que padece nuestra especie”.

(Russia, 192(?): The giant toys of the collective man. Figures of
Lloyd George, Millerand, Kerenski and Milnikov in front of the Kremlin).

La fatalidad del planteamiento se nutre también de psicología nada evolutiva: “Nuestra inercia emocional, formada a lo largo de los siglos, sigue siendo lo que es, sigue estando donde estaba, y no parece sintonizar fácilmente con nuestros proyectos racionales o morales”. Ventós, muy lejos de la capacidad analítica que llevó a Juan Benet a una precisa disección de la conducta humana, cae sin embargo en un dictamen del tipo “Nunca llegarás a socialdemócrata”. Sin pretenderlo, tanto su tesis como su formalización demuestran que la socialdemocracia ha terminado como marca de diseño del capitalismo y versión moderna y amigable de la religión. Como marca sigue teniendo éxito, aunque representa un producto ya maduro, en declive, que va siendo sustituido por ese híbrido de revanchas colectivas, ese círculo de engaños mutuos, llamado corrección política. Como religión funciona mejor, no sólo porque agrupa disciplinadamente a clases dispersas que antes parecían destinadas a hacer la revolución frente a la evolución, sino porque ofrece un consuelo de integración social al individuo insatisfecho. Al idealista, al que se exilia de la realidad culpando de su dureza e irreversibilidad al vecino, al cual necesita calificar como neoliberal (hereje) para no perder el cielo. Consuelo que obtiene el socialdemócrata como renta inmediata por el reconocimiento social automático que produce, frente a la larga explicación que siempre tiene que dar el liberal, como prueba de su condición pública vicaria. Pero consuelo sobre todo íntimo ante sus contradicciones, de las que Ventós pone dos ejemplos:

1) la educación privada y competitiva para los hijos de quienes defienden lo contrario en público, es decir, para el público que les contempla;
2) la anécdota racista y clasista de Marx hacia Paul Lafargue, el pretendiente (y futuro marido) mestizo de su hija Laura.

Un traductor social como Rubert de Ventós concluye con el lógico recuerdo de la etiqueta social traidor puesta a los reformistas. Y cómo sigue llamándolo a los mismos, fatalmente abducidos por el neoliberalismo. Con el añadido poco científico de enviar a Darwin al desván.

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11 de marzo de 2008

Apuntes electorales

1. Las elecciones de los récords en la reciente historia de la democracia:
  • Bipartidismo casi perfecto con la mayor concentración de diputados (92%) y polarización del voto en los dos grandes partidos. Del mismo modo que la sociedad se especializa, la política se profesionaliza.
  • La mayor concentración de voto en la izquierda en torno al PSOE.
  • Los mejores resultados, en voto y escaños, obtenidos por el partido de la oposición.
  • La menor representación, en voto y diputados, del nacionalismo vasco.
  • El Grupo Mixto más numeroso y heterogéneo, lo que reducirá el eco parlamentario y público de los partidos representados.

2. PSOE: La mayoría suficiente obtenida para gobernar no será suficiente para recuperar el sentido de Estado por encima de la estrategia partidista de aislamiento de la derecha ni, mucho menos, para superar el componente nacionalista que ha sustituido al socialismo en su misión histórica. Destino que este presidente justiciero y su partido sienten como la recuperación del poder por las clases sociales y clanes locales desposeídas por la Historia.
Se ha visto el techo del nuevo socialismo y el nuevo gobierno demostrará el error de quienes le votaron por preferir una España roja a una rota.

3. PP: Dos legislaturas en la oposición, un liderazgo en entredicho y el refuerzo de sus poderes regionales lo harán enfeudarse a sus taifas mientras hace la renovación interna. La cual puede aplazarse o quedarse en maquillaje por lo confortable de la derrota Si recupera su capacidad de alianzas políticas y consigue una imagen social de normalidad (despreciando a parte de quienes le manchan, entre otros pases) romperá el cordón sanitario al que está sometido, del cual depende el futuro inmediato del socialismo.

4. Izquierda Unida: es el límite de sí misma. Centrifugada entre la tentación antisistema y su nutrido currículum de escisiones, ha dado un gran salto adelante en su viaje de vuelta de partido político a movimiento extraparlamentario. Buscando la revolución perdida se encuentra como compañero de viaje de grupos alternativos y cómplice de antisistemas. En Mondragón le pillaron en coalición con ANV, lo cual tampoco ha importado demasiado en un país que ya ha descontado el territorio y ciudadanos vascos como perdidos.

5. Cataluña: un nuevo triunfo de los partidos (nominalmente) españolistas sigue contrastando con la vida cotidiana de clandestinidad. Los ciudadanos se refugian en las urnas de las generales cada cuatro años y entretanto procuran pasar desapercibidos. El PP seguirá siendo el enemigo externo necesario para cohesionar a la tribu. Ezquerra, el cliente moribundo que no paga al socialismo inmigrante contratado para gobernar.

6. País Vasco: la menor representación democrática del nacionalismo vasco en sus distintas franquicias no frenará la legislatura del asalto a la independencia, bajo el eufemismo del derecho a decidir. A falta de instrumentos legales se valdrá de la calle y las instituciones sabáticas del estado. Seguirá intacta la falta de libertad para la población no nacionalista, mayoritaria en esa región.

7. UPyD: eficacia de su discurso estatal y antinacionalista, demostrada por una distribución de voto muy homogénea, con éxito notable en Madrid en las elecciones del bipartidismo y partido marginal en el resto por muy dignos que sean sus resultados. Se está labrando una imagen y ha de optar por un modelo de partido pequeño pero influyente, frente a la tentación del activismo callejero que podría llevarle al alambre del extraparlamentario. Su viabilidad también depende de terminar la transformación de movimiento cívico en partido político.

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28 de febrero de 2008

Estudio o leyenda

Cuando dedicas lo más granado de tu juventud a estudiar oposiciones a Registro de la Propiedad el destino natural es deslindar el mundo en parcelas. La propiedad es el pegamento de la convivencia y su orden natural la jerarquía de los títulos debidamente obtenidos. Sólo se admiten cambios por transmisiones de derechos legítimamente adquiridos. Las servidumbres de paso se convierten en dominios apenas el nuevo intruso pone el pie de su igualdad en la finca cuyos límites y cultivo tanto costó hacer. Rajoy tiene alma de agrimensor y mente de jurista y le subleva esa inversión de derechos.

(
Alexander Rodtchenko, Escalera, 1930)
Siente una lógica indignación ante un mundo cuyo orden y concierto se rige por otras reglas, igual de fijas que sus valores –aunque parezcan aleatorias- pero de gestión incierta y, por tanto, sin garantías en el resultado del nuevo reparto. Tradición, mérito y capacidad han sido sustituidos por igualdad y negociación como pilares del nuevo orden. Se desprecia la jerarquía del saber y hacer: ya no hay escalafón sino concurso de quienes se creen iguales con independencia de lo que hagan. Ya no hay ejército, institución, sino ejercicio, mero uso. Y se enfada con razón pero con una razón antigua, que se desmorona y ya está moribunda. La adopción de niños por homosexuales, las familias mono o pluriparentales no pasan por la procreación para reclamar y conseguir su derecho de filiación. Las leyes sociales se divorcian de las jurídicas y del temario de las primeras no se puede apropiar un único opositor.

Mientras tanto, Zapatero se iba criando en la vida orgánica de un partido formado por aluvión y que pudo prescindir rápidamente de su vieja ideología porque su objetivo no era ilustrar sino revertir la historia, vindicar a los desposeídos a través de la toma del poder. Esa sed de generaciones, mezclada con el servilismo que les había impuesto el abuso, cuajó en una religión de partido. Disciplina y sumisión como tejido interno y misión como destino político. Los tiempos fueron achicándose en grandezas y propósitos e hicieron el resto: el nuevo líder triunfó porque era lo que el pueblo necesitaba, un mesías de cercanías. No hay amoralidad ni menos canallada en su conducta sino mito puesto por fin al alcance de los medieros sin apenas renta antigua que pagar. Gobernará, con o sin necesidad de ceder, repartiendo poder porque es el modernizador del frente popular. Los intrusos en ese frente, las viejas burguesías nacionalistas y regionales, le agradecen su confusión de clase.

Quien no se dedica a estudiar con método en la época en que tal ejercicio hace músculo moral, la juventud, adora enseguida las leyendas suplentes que le enseñaron y amuebla su imaginación con una arcadia de excluidos por la historia a los que por fin ha llegado el turno de ocupar el Registro de la Propiedad. Ya no hay notas marginales ni tomas de razón sino asaltos pacíficos.

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16 de enero de 2007

Mascarada, violencia y subversión

(Yinka Shonibare, ‘Un ballo in Maschera’)
Al cabo de 40 años de terrorismo nativo la política antiterrorista se parece cada vez más a ese paisaje de la Islandia central que describía W.H. Auden con ironía: “el pedregoso, el más pedregoso y el pedregoso del todo. Las piedras (...) no son lo bastante grandes para impresionarte, ni demasiado pequeñas para negociar con ellas. Ni son pintorescas, ni tienen la menor utilidad.” Como una lluvia ácida sobre roca porosa, dos fatalismos se han asentado en la costumbre del Estado:

1º) la hegemonía del nacionalismo vasco, fundada sobre una larga y áspera desigualdad de derechos de los ciudadanos en ese territorio y la clandestinidad tolerada que una mitad de ellos sufren tanto en la vida cotidiana como en la política, en el bar y la escuela como en las urnas.

2º) la expansión de ese nacionalismo hacia las competencias -tan residuales como de ejercicio vergonzante- del Estado en el País Vasco, con un status de independencia de facto como objetivo viable a medio plazo, y hacia la ocupación de territorios vecinos como Navarra y… el condado de Treviño.

Los atentados terroristas forman parte de ese paisaje y cuentan con su ritual de duelo, encabezado por editoriales y columnas periodísticas que rizan el luto, y con sus plazos y trámites de amortización. Gana el partido que tenga más reflejos y habilidad para recuperar la oferta política de las rebajas democráticas: vida a toda costa, Estado y muertos incluidos. El duelo se acorta cada vez más y se exportan los cadáveres por vía aérea sin hacerles funeral que pueda comprometer imágenes de gobernantes. El Estado se reúne alrededor del cadáver -anuncio de que el suyo será el próximo- como una familia numerosa y descastada, cuyos miembros se apresuran a recordarse mutuamente que nunca se ven más que en los entierros y a prometerse estar más unidos, con la íntima convicción del mentiroso que se despide hasta el próximo e indiferente muerto.

Pero el hastío de tantos años hace que los aspavientos y su ritmo durante el funeral simbólico también cambien: ahora se exige unánimemente que el adiós a las armas de ETA sea inicio y no final de ruta, que las cesiones del gobierno se limiten a beneficios penitenciarios y medidas de gracia, por este orden y contra ratificación de ese adiós por parte de los terroristas. Y se excluye cualquier precio político, excepto el que se viene pagando desde la restauración de la democracia, las letras por el pecado original de la dictadura. Pronto se aceptará que esas condiciones previas y concesiones tasadas sean simultáneas con la renuncia a la violencia, en un nuevo proceso tácito protagonizado por mediadores y adornado por mohines de soberbia de “los que saben y, por tanto, callan”.

(Orlan, serie African self-hybridation)

Es significativo observar cómo está ausente de cualquier análisis político o mediático el antiguo lugar natural –geográfico y cultural- de expansión del nacionalismo: el País Vasco francés. La política del país vecino ha sido la de encerrar entre dos férreos interrogantes –firmeza estatal y convicción social- el hipotético conflicto que le brindaba ETA. En cambio, nuestra respuesta es la gestión aplicada de una culpa indeleble, el mito de la opresión española hacia sus naciones irredentas, y se ha traducido en una generosa importación de pretensiones territoriales hacia nuestras propias regiones.

Si hemos dedicado 30 años de democracia al duelo de las víctimas y al quebranto del Estado, contemplados por los violentos y sus rentistas desde el palco de la impunidad, bien podemos destinar una temporada a reconstruir un Estado que deshaga la ilusión del derecho al ‘ámbito de decisión vasco’ y a la anexión de nuevos territorios y competencias. Un Estado que se reivindique contra la hipoteca de la dictadura, de gestión infame por partidos políticos carentes de proyecto. Un Estado visible y no oculto, que salga de su propia situación de excepción y la devuelva a quien la ha implantado: el nacionalismo vasco, violento o pacífico; que recupere su institución y costumbre de manos de ese valido en lugar de seguir desapareciendo por omisión. Cuando la subversión es categoría del Estado, los atentados son accidentes.

Toda política gubernamental contra el terrorismo debe ser una política de Estado, en la que la defensa del contrato social y la costumbre democrática se plasme en la recuperación de los derechos perdidos por una parte de su ciudadanía y el ataque a los derechos ilegítimamente conquistados por una minoría. Y la esgrima de esa política es la convicción ciudadana y cohesión social que sólo surgen cuando gobierno y partidos hacen que la sintamos como propia. Otra vez hay que recurrir a palabras ajenas pero cuyo acierto las hace propias y la oportunidad, de todos: "No son los males violentos los que nos marcan, sino los males sordos, los insistentes, los tolerables, aquellos qué forman parte de nuestra rutina y nos minan meticulosamente como el Tiempo." (Cioran)

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10 de diciembre de 2006

El proceso

(Mona Hatoum: 'SO MUCH I WANT TO SAY')

Lo importante de todo proceso que sustituye a la autoridad es el propio proceso, su dinamismo frente a la lenta pesadez de los instrumentos clásicos del Estado. Y la esperanza que desata frente al inmovilismo asociado a la política. El poder se disfraza de ilusión contra la insulsa realidad, cuya gestión se reserva al político antiguo, en nuestro caso, el PP.

Por eso la noticia será siempre los avatares del proceso, “los tropiezos” inventariados por John Carlin a través de “cinco expertos internacionales” (El País, 10 dic. 2006), doble condición que hace inapelable su dictamen. El recurso al experto es muestra de que el proceso se queda sin discurso propio, a la vez que imprime carácter de expertos internacionales a sus notarios. Hasta el punto de que el proceso se hace técnico en su nombre –“el proceso para el fin del terrorismo”--, abandonando la utópica paz.

Los tropiezos del proceso dan fe de otras virtudes, además del dinamismo, que legitiman la iniciativa del gobierno ante el pueblo: la valentía al asumir el riesgo de que fracase y su espíritu dialogante por encima de obstáculos que se juzgan pasajeros, como la violencia callejera, la extorsión o el rearme de ETA. No es la paz el destino del proceso, sino la gestión del miedo del ciudadano desvalido. Si tuviera éxito, si se consiguiera la paz y el fin del terrorismo, otras amenazas lo sustituirían para abrir otros procesos salvadores.

(Mona Hatoum)
Hay procesos suplentes entrenándose ya a pleno rendimiento para tomar el relevo: el de expropiación de la salud, con los accidentes de tráfico, la carne maldita, el pulmón del fumador y el gusano anisakis de lo crudo anidando en el miedo del administrado. El proceso de las catástrofes naturales, con la gestión de la incertidumbre como agente del orden y las Unidades Militares de Emergencia como simpáticas ONG’s de intervención rápida. Unido a éste, el proceso del cambio climático y su carácter prioritario frente al terrorismo internacional, dictado por el presidente del gobierno. La natural inclemencia del tiempo y su inevitable imprevisión lo hacen especialmente rentable por duradero. Dará mucho de sí para disciplinar las filas de la extendida conciencia ecologista. El proceso del recuerdo personal y del mito colectivo, cuya ley de memoria histórica empezará a debatirse en febrero con el añadido de la revisión simbólica (es la que importa, no la real) de los juicios del franquismo, fuente imprescindible de odio para ocultar vacíos políticos. El proceso de la diferencia personal y comunitaria frente al vecino, con las leyes de identidad sexual y estatutos autonómicos como ilusas banderas para proclamarse distintos, a falta de la verdadera autonomía, la del pensamiento. Y el proceso de castración del varón, anulada su utilidad como proveedor de alimentos y seguridad (funciones también expropiadas), competidor para mejorar (la excelencia repugna como pretensión de independencia, mientras que la solidaridad reduce las diferencias y acomoda las conciencias) y suministrador de valores fuertes (el poder necesita sociedades débiles)

Y agrupándolos a todos, en la lucha penúltima por el dominio, el proceso del proceso que sustituye a ese armatoste inservible que es el Estado.

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