Vicios privados, virtudes socialdemócratas
Un caso más de vicios privados y virtudes públicas, con la acreditación que proporciona el testimonio personal, ofrece Rubert de Ventós en su artículo “No somos ni socialdemócratas”. La tesis es que la "naturaleza humana" impide a la especie “dotarse de un sistema económico un poco menos bestia que el puro y duro darwinismo social, donde prospera siempre el más fuerte”. La presentación de esa fatalidad es coherentemente religiosa: “Yo me avergüenzo de mis pecados, claro está, pero también de los de mi especie, de la ‘naturaleza humana’ que acarreo”. La contradicción es también consecuente con la matriz hegeliano-marxista del asunto: “Nuestra naturaleza humana no está a la altura de nuestros ideales”. Se ve que la poquedad de nuestra condición convierte al ideal en justificante de la barbarie: “Y que cuando lo ha intentado [la especie] -con el comunismo, por ejemplo- pronto se transformó en una burocracia tan cruel como ineficiente: en eso acabó el marxismo en nuestras manos”. En el mientras tanto histórico sucede el neoliberalismo como horizonte de cercanías, en el que incluye –muy ortodoxamente- al reformismo: “Igual han sucumbido en este mundo los intentos más "realistas" y comedidos como las curas paliativas keynesianas, socialdemócratas o reformistas, que sólo han prosperado para seguir alimentando esa especie de neoliberalismo que padece nuestra especie”.
(Russia, 192(?): The giant toys of the collective man. Figures of
Lloyd George, Millerand, Kerenski and Milnikov in front of the Kremlin).
La fatalidad del planteamiento se nutre también de psicología nada evolutiva: “Nuestra inercia emocional, formada a lo largo de los siglos, sigue siendo lo que es, sigue estando donde estaba, y no parece sintonizar fácilmente con nuestros proyectos racionales o morales”. Ventós, muy lejos de la capacidad analítica que llevó a Juan Benet a una precisa disección de la conducta humana, cae sin embargo en un dictamen del tipo “Nunca llegarás a socialdemócrata”. Sin pretenderlo, tanto su tesis como su formalización demuestran que la socialdemocracia ha terminado como marca de diseño del capitalismo y versión moderna y amigable de la religión. Como marca sigue teniendo éxito, aunque representa un producto ya maduro, en declive, que va siendo sustituido por ese híbrido de revanchas colectivas, ese círculo de engaños mutuos, llamado corrección política. Como religión funciona mejor, no sólo porque agrupa disciplinadamente a clases dispersas que antes parecían destinadas a hacer la revolución frente a la evolución, sino porque ofrece un consuelo de integración social al individuo insatisfecho. Al idealista, al que se exilia de la realidad culpando de su dureza e irreversibilidad al vecino, al cual necesita calificar como neoliberal (hereje) para no perder el cielo. Consuelo que obtiene el socialdemócrata como renta inmediata por el reconocimiento social automático que produce, frente a la larga explicación que siempre tiene que dar el liberal, como prueba de su condición pública vicaria. Pero consuelo sobre todo íntimo ante sus contradicciones, de las que Ventós pone dos ejemplos:
1) la educación privada y competitiva para los hijos de quienes defienden lo contrario en público, es decir, para el público que les contempla;
2) la anécdota racista y clasista de Marx hacia Paul Lafargue, el pretendiente (y futuro marido) mestizo de su hija Laura.
Un traductor social como Rubert de Ventós concluye con el lógico recuerdo de la etiqueta social traidor puesta a los reformistas. Y cómo sigue llamándolo a los mismos, fatalmente abducidos por el neoliberalismo. Con el añadido poco científico de enviar a Darwin al desván.
(Russia, 192(?): The giant toys of the collective man. Figures of
Lloyd George, Millerand, Kerenski and Milnikov in front of the Kremlin).
La fatalidad del planteamiento se nutre también de psicología nada evolutiva: “Nuestra inercia emocional, formada a lo largo de los siglos, sigue siendo lo que es, sigue estando donde estaba, y no parece sintonizar fácilmente con nuestros proyectos racionales o morales”. Ventós, muy lejos de la capacidad analítica que llevó a Juan Benet a una precisa disección de la conducta humana, cae sin embargo en un dictamen del tipo “Nunca llegarás a socialdemócrata”. Sin pretenderlo, tanto su tesis como su formalización demuestran que la socialdemocracia ha terminado como marca de diseño del capitalismo y versión moderna y amigable de la religión. Como marca sigue teniendo éxito, aunque representa un producto ya maduro, en declive, que va siendo sustituido por ese híbrido de revanchas colectivas, ese círculo de engaños mutuos, llamado corrección política. Como religión funciona mejor, no sólo porque agrupa disciplinadamente a clases dispersas que antes parecían destinadas a hacer la revolución frente a la evolución, sino porque ofrece un consuelo de integración social al individuo insatisfecho. Al idealista, al que se exilia de la realidad culpando de su dureza e irreversibilidad al vecino, al cual necesita calificar como neoliberal (hereje) para no perder el cielo. Consuelo que obtiene el socialdemócrata como renta inmediata por el reconocimiento social automático que produce, frente a la larga explicación que siempre tiene que dar el liberal, como prueba de su condición pública vicaria. Pero consuelo sobre todo íntimo ante sus contradicciones, de las que Ventós pone dos ejemplos:1) la educación privada y competitiva para los hijos de quienes defienden lo contrario en público, es decir, para el público que les contempla;
2) la anécdota racista y clasista de Marx hacia Paul Lafargue, el pretendiente (y futuro marido) mestizo de su hija Laura.
Un traductor social como Rubert de Ventós concluye con el lógico recuerdo de la etiqueta social traidor puesta a los reformistas. Y cómo sigue llamándolo a los mismos, fatalmente abducidos por el neoliberalismo. Con el añadido poco científico de enviar a Darwin al desván.
Etiquetas: Política















