18 de noviembre de 2006

Periodismo salomónico (y II)


La columna periodística participa de tres cualidades, repetición del mensaje, cadencia y apariencia de variedad para ocultar las dos primeras. “La repetición es como la diferencia sin concepto.” (Deleuze, en su obra 'Diferencia y repetición', citado por Vicente Verdú en su columna “El proceso del proceso”, El País, 16 de noviembre de 2006) Ese poder diferenciarse de la masa sin la molestia de tener que dotarse de un concepto propio de sí (que, por otra parte, lo excluiría del nuevo tráfico) es la demanda que el lector fiel hace al periódico.

El rol actual de la columna en la prensa escrita es el de pilar retranqueado que destaca la fachada, con la doble condición de camuflaje y sustento del periódico. Es instrumento relevante del proceso de fijación de lectores y de influencia en la opinión pública (en la medida que se pueda hablar de ‘opinión pública’). La importancia del sentido moderno de proceso no es su objetivo sino su propia naturaleza movilizadora de lealtades, expuestas en forma de complicidad, y -a la vez- desmovilizadora de rebeliones. Objetivos como la paz –en el proceso de paz- o la creación de opinión pública –en el periodismo- no son más que señuelos de los verdaderos mecanismos de disciplina social: la adscripción del espectador al proceso a través de su secuencia repetitiva de mensajes. “Así Freud mostró cómo la práctica de la repetición se encuentra unida al principio del placer y de una manera especialmente voluptuosa en los deleites infantiles” (Vicente Verdú, artículo citado)

Los columnistas han pasado de ser adorno que esponjaba la densidad del periódico decimonónico –modelo vigente hasta finales de los 70- a portavoces del interés de la empresa editora a través de la opinión publicada. Requisito de su eficacia es que no lo parezcan y aquí aparecen la cadencia de publicación y la variedad simulada de opinión, evitando la adscripción inquebrantable a la idea prevista. Es el periodismo salomónico, la columna que se enreda en sus propias maniobras de distracción de la consigna, el cuerpo de guardia de la doctrina formado por los Millás, Rivas, Maruja Torres, Ramoneda, que permanece tan inamovible como sus servidumbres lo permitan. El triunfo del mensaje barroco, cuyo relato desata afinidades pero cuyo sentido oculto es difícil de desentrañar.

(Gotfried Helnwein, Self-portrait, 1984)
La estructura del periódico clásico que aspiraba a ser hegemónico –El País, en España- se fundaba en secciones, editoriales y artículos de colaboración, presentados con un orden constante que transmitiera sensación de estabilidad y pertenencia al lector. Editoriales y artículos eran el imprescindible pienso intelectual para un país necesitado de una cultura modernizadora. La transición política no se podía hacer sin una transición cultural y económica hacia nuevas oligarquías y mecanismos de distribución del poder que repusieran el orden público. La imagen cosmopolita la ha proporcionado el mantenimiento de la sección de internacional en primer lugar. Con la instalación de esos nuevos poderes a partir de los 80, pierde sentido el suministro intelectual a la población y emerge la necesidad de di-versión para aglutinar a los nuevos clientes, manteniéndolos dispersos pero idénticos. Entonces, la columna -como tradicional espuma de los días de la prensa- adquiere protagonismo en la transmisión de significado público. La columna ofrece al lector una información seleccionada –sesgada- con el estilo ligero y acomodaticio que requiere la posición múltiple del lector en la comunidad, su condición versátil de cliente. El columnista adscribe al lector de El País a las referencias culturales dominantes, que le hacen sentir partícipe de una minoría ilustrada y selecta. Es una oferta de posición de centralidad sin impresión de secta ni compromiso intelectual. De ahí la necesaria dosis de frivolidad –de “artefactualidad”, Derrida- propia de la columna respecto al artículo de fondo.

La columna juega entonces con la fuerza comunicativa de la imagen. Parafraseando a Derrida (‘Ecografías de la televisión’), los medios han adquirido una posición de centralidad que permite a su discurso impregnar las referencias en el espacio público, apareciendo lo que llama ‘artefactualidad’, una simbiosis de artificialidad, artefacto y actualidad.

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5 Comentarios:

Anonymous elquicio escribió...

La gente disfruta con lo que ve.
Lo dice la mujer de Bobby Darin en 'Beyond the Sea' y se le nota en los ojos a la suegra de mi tendero cuando habla 'corrupción en Marbella'.

Por ahí van los tiros de la maldad mediática.

También de la bondad.

Pero desde la 'Familia Trapp', por bondad no me viene nada.

2:03 p. m.  
Anonymous Camarada Orlov escribió...

Cada vez que leo a Manuel Rivas y a Juan José Millás pienso en el esfuerzo que hacen por ocultar su obsesión enfermiza contra el PP y la derecha. Son una especie de Jiménez Losantos conetnidos, que no se atreven a dar rienda suelta a su odio para parecer más moderados, más de El País.

Es interesante su tesis de que la columna ha sustituido al editorial. Quizás sea más popular lo que escribe el columnista porque es más ligero y despierta más afinidad en el lector, pero el editorial sigue siendo sólido, como si al no poderse masticar tuviera que tragarselo el lector como una rueda de molino.

7:04 p. m.  
Anonymous elquicio escribió...

Las columnas tienen la ventaja de la irreponsabilidad de Director [al son de su empresa].

Además, pueden ser y son variopintas.

Eso abre el abanico de lectores, hacia aquellos que no quieren una línea editorial, sino un periódico ecléctico, que recoja distintas 'sensibilidades'.

Es decir, la instalación del 'venga'.

Como ayer en Operación Triunfo: que haya sangre entre jurado y profesores.

Para deleite de consumidores cropófagos.

9:56 a. m.  
Anonymous Sr. Verle escribió...

Bart: Exacto. "El columnista adscribe al lector de El País a las referencias culturales dominantes, que le hacen sentir partícipe de una minoría ilustrada y selecta". Pero eso fue así antes, ahora, por influencia de los seguidores del blog de Arcadi Espada, sólo están santificados Terstch (columna) y Savater (opinión) y son sistemáticamente ninguneados, con razón por frívolos casi siempre, Rivas, Lindo, Millás, Torres, Rioyo etc. Pasan desapercibidos Verdú, que sí merece la pena y algún otro como Vincent y Mendoza, (mejor que no los vean). Añoramos sí a Joaquín Vidal, M. Vázquez Montalbán e incluso algún E. Haro Tecglen.
Menos mal que nos queda Félix de Azúa. Aunque sin columna.

1:04 p. m.  
Anonymous Anónimo escribió...

que bien articulo! q interesante me ha servido muchisimo en mi trabajo si em pudieras ayudar con algo! necesito un artista y una obra de arte q pueda relacionar ocn artefactualidad de derrida, si em pudes ayudar te lo agradesco, gracias,
mi email es anwe10@hotmail.com

8:25 p. m.  

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