27 de marzo de 2007

Arte-facto: Prohibido concluir.

(Grit, 2006; Daniel Dewar & Grégory Gicquel)

La experiencia sensible y activa por parte del espectador como objeto principal del artefacto surge en la década de los 60 y se intensifica en los setenta. Nuevos lenguajes, medios técnicos y formas de expresión se ponen al servicio de un proyecto que persigue la ilusión estética aunque se presente como protagonismo del espectador en sustitución de su tradicional papel de mirón. La estrategia dirigida a provocar la sensación en el antiguo voyeur pasivo tiene su complemento en la búsqueda de la emoción colectiva. Todos somos indefinidos. A la vez, el proceso de comunicación del arte sustituye a la obra y, actualmente, el proyecto al proceso. Se trata de no tocar: un camino de alejamiento de la relación directa del artista con el objeto –real o figurado- y de la obra con el espectador. La pretendida participación de éste lo es en un proyecto permanente, sin voluntad de conclusión, sin vocación de forma. La obra se queda en una serie de estadios intermedios. Su fin es la propia vía, no el vehículo ni, mucho menos, el destino. La responsabilidad de la propia obra es transferida a entes difusos llamados comunicación, participación, interacción, colectivo. Se entronizan la asepsia y la falta de compromiso e identidad como auténticos discursos artísticos. No es el todo vale en arte sino el nada vale más para no poder otorgar valor. Si tu prójimo es igual para qué tocarlo –a través de la experiencia estética- si ya estás fundido en él.

La realidad artística como límite es suplida por intervalos sucesivos, por un fraccionamiento en sensaciones cuyas múltiples formas de producción no pueden ocultar ser idénticas en su percepción, resultando indiferentes en significado.

Estas nuevas prácticas artísticas pretenden conseguir la vieja ilusión de las vanguardias, romper la separación entre vida y arte, creando espacios y tiempos primero superpuestos y después mezclados en una experimentación continua cuyo fin es la muerte de la pureza del lenguaje del arte. Muerte de géneros y soportes tradicionales, de espacios y tiempos definidos, para evitar categorías y clasificaciones. El lenguaje híbrido llevado al extremo de la indefinición a través de la confusión, estado inapelable del arte cuya sensación de vacío se intenta subsanar con su vieja función: la ilusión estética.

(Palais de Tokyo)

Como en el Palais de Tokyo, en Paris, definido oficialmente como un lugar (no centro) interdisciplinar dedicado a la creación contemporánea, ni siquiera es ya el proyecto la obra sino su fase intermedia de construcción. Prohibido concluir.

Ilusión, desilusión estética, dice Braudillard: "El dominio de los artefactos sobrepasa ampliamente el del arte. El reino del arte es en rigor el de una gestión convencional de la ilusión, una convención que en principio neutraliza los efectos delirantes de la ilusión, que neutraliza la ilusión como fenómeno extremo. La estética constituye una suerte de sublimación, de dominio por la forma de la ilusión radical del mundo, que de otro modo nos vaciaría. Esta ilusión original del mundo de la que otras culturas han aceptado la cruel evidencia que dispone un equilibrio artificial. Nosotros, las culturas modernas, no creemos ya en esa ilusión del mundo, sino en su realidad (que es por supuesto la última de las ilusiones), cuyos estragos hemos escogido atemperar por medio de esa forma cultivada, dócil, de simulacro que es la forma estética. La ilusión no tiene historia. La forma estética en sí misma tiene una. Pero debido a que tiene una historia, no tiene más que un tiempo, y es sin duda ahora cuando asistimos al desvanecimiento de esta forma condicional, de esta forma estética del simulacro, en beneficio del simulacro incondicional, es decir en una escena primitiva de la ilusión, donde recuperaremos los rituales y las fantasmagorías inhumanas de las culturas más allá de la nuestra."

(Continuará con una cumplida respuesta de Foucault)

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4 Comentarios:

Anonymous Sr. Verle escribió...

Bart:¿No le suena lo de preferiría no hacerlo? No es que concluir el Palais de Tokio esté prohibido, sino que se ha planteado como opción ideológica de la formalización la menor presencia del contenedor, aburridos de que el continente sea más 'importante' que el contenido. Se interviene como cirugía de mínima invasión, diciendo denotar un cambio de paradigma (el edificio en bruto como estética), cuando en realidad se esconde una posible ausencia de genialidad. Demos cierta razón a Baudrillard: "Los artistas que son invitados a presentar sus obras en esos espacios pueden así enfrentarse a un edificio en el cuál todo es posible, desde el nomadismo más ligero a la intervención que rediseñe o remodele el espacio" se vende en su propaganda oficial. Otrosí, simulacro. Esperando a Foucault.

5:22 p. m.  
Anonymous Bartleby escribió...

Sr. Verle: Precisamente, con ironía quizá demasiado tácita, hablaba del Palis de Tokio como paradigma de cierto tipo de intervención del arte contemporáneo, no como error. Pero el Palais, querieno no ser protagonista, se erige indefectiblemente en tal. Nómadas de la definición, continente e instalaciones dejan campo abierto a lo efímero; tanto que lo ocupan todo.

5:39 p. m.  
Anonymous Sr. Verle escribió...

El peso gravitacional de la obra en bruto ya se había propuesto en alguna otra ocasión. Sí, resulta demasiado protagonista para el body, es lo que tiene el arte povera, que deja al desnudo no el alma sino los higadillos del sistema.
(Tiene una disculpa en el correo, me vuelvo a mi babel).

7:54 p. m.  
Anonymous Santiago escribió...

Prohibido concluir, sobre todo los discursos. Dejarlos abiertos es seguir dominando el texto. Algo así decía Barthes, si no recuerdo mal.

11:31 a. m.  

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