Detalles memorables, olvidos imperdonables.
El exotismo –a veces en forma de extravagancia- y lo inverosímil han ido de la mano a lo largo de la historia para demostrar que quien olvida, a veces pierde el proyecto en el que se embarca pero gana la capacidad de crear. Sólo Funes el Memorioso, un hombre abrumado por una memoria infinita, fue incapaz de inventar al no poder olvidar.

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(Carte de l'Egypte, de la Nubie et de l'Abissinie &c., ed. 1792)

En cambio, en 1910, Virginia Woolf no olvidó la túnica, la barba postiza y la cara tiznada de betún para –junto a otros componentes del grupo de Bloomsbury- disfrazarse de príncipe y corte del emperador de Abisinia y visitar oficialmente el acorazado “Dreadnought”, buque insignia de la flota inglesa, engañando al Almirantazgo británico. Éste olvidó comprobar la identidad de los farsantes y, tras un cruce frenético de cables con la metrópoli para decidir un protocolo de ocasión, fueron recibidos con todos los honores militares... a los sones del himno de Zanzíbar, a falta de la partitura del de Abisinia. El engaño provocó un escándalo notable en la prensa de la época: habían puesto en evidencia al Imperio. Y a un modo de ser en el mundo que el capitán del “Titanic” celebraría, dos años más tarde, con sus últimas palabras al dirigirse a la tripulación y pasaje en el momento del hundimiento: “Be British”. De cómo los ociosos engrandecen el arte y la industria (de prensa, al menos) y cómo olvidos públicos llevan a ganancias también públicas, mediando jaleos descomunales.
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Los dioses también olvidan. Una leyenda africana atribuye la extravagante forma del baobab a un descuido de Dios: era el último árbol que tenía que plantar y, cansado de crear naturaleza, lo plantó al revés. Quien no olvidó quejarse fue el baobab: su extraña forma de árbol invertido se achaca, según otra leyenda extendida por el Sahel y los países del Golfo de Guinea, a un castigo de Dios que lo plantó al revés harto de sus lamentos. “Los dioses lo plantaron en un principio en la selva, pero el árbol se quejó de la humedad; lo trasladaron entonces a las Montañas de la Luna, en el centro del continente, pero se quejó del frío. Enojados por sus constantes protestas, lo lanzaron como si fuera un arma arrojadiza hacia las tierras áridas del sur, con tan mala fortuna que aterrizó al revés, con las raíces al aire.” (Xavier Moret, Siete Leguas, dic. 2006). El olvido y el castigo adoptan la forma del mito clásico del héroe, incluyendo una promesa de recompensa al valiente, en esta versión de Zimbabwe: dicen que estos árboles son los brazos petrificados de los gigantes guerreros fallecidos durante la batalla, que pugnan por coger un arma y volver a la lucha.
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Utópicos y libertarios también cometen el desliz de olvidarse de sus redimidos. Pero no se olvidaron de ellos los nativos del norte de Madagascar, ni de los excesos cometidos por esos émulos del gobierno de Sancho en una peculiar ínsula Barataria, la efímera República de Libertalia en Diego Suárez, narrada por Daniel Defoe. Fundada por piratas bajo el mando del capitán Misson, en 1690, su final llegó cuando los indígenas de las montañas, hartos de los desmanes de los piratas, bajaron de las montañas para acabar con ellos y su utopía. El delirio utópico y libertario fue frenado por un estado de naturaleza en forma de sensatos nativos.•
(Mujer egipcia fabricando cerveza)
Por cierto, se me olvidaba hilar las anteriores historietas: ¿quizás la lucha de clases sirva como costura?
(Publicado 6 feb. en Nickjournal)
Etiquetas: Ocurrencias
7 Comentarios:
Pues sí, la lucha de clases explica muchas cosas empezando por la historia. La gamberrada de Virginia Woolf es un comportamiento de clase que desmenuzó bien Marx. Hay burguesas traviesas mientras que los verdaderos etiopes no podían entretenerse en travesuras, ocupados como estaban en sobrevivir.
Bien hallado el texto al cabo del tiempo de no aparecer por aquí, Bartleby.
La lucha de clases hoy es comprar en el Corte Inglés o en el Mercadona:p.
o no?.
Quizás hay una lucha de clases profunda, en el interior de cada uno...
Uis, que me pongo estupenda:).
Un Saludo.
Del eurocentrismo de la lucha de clases a la antropología de la lucha de clanes. Total por una "s". Y a la lucha de religiones, como la reciente conquista de la islámica Somalia por la cristiana Etiopía.
La lucha de clases explica muchas cosas en el mundo desarrollado pero no en el sub, donde la fuerza del clan y de la religión campan aún por sus respetos.
Saludos, mein Bartleby.
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Hola, Bart:
¿Y para qué hilvanar tan "suculentas" historietas? Cada una aporta más por separado que si conformaran un ensayo titulado muy acertadamente "Detalles memorables, olvidos imperdonables", como tu artículo.
Bart, como a servidora, te gusta dejar alguna vez que otra una interrogativa como colofón. Habrá quien lo interprete como una pregunta y desee contestarla y quien la crea una duda tuya, y me niego a creer eso. Me niego porque servidora hace lo mismo.
En fin, para seguir haciendo honor a mi contestataria personalidad como Alicia Rossell, me inclino por responder haciendo otra pregunta:
¿La lucha de clases sirvió alguna vez a alguien para "coser" un "roto"?
Coser no creo, Bart, pero lo que sí has conseguido hacer es hilvanarlas con aguja de sastre haciendo un recorrido fascinante por la lucha de clases y suturando la herida -aún abierta por falta de asepsia histórica- para ilustrarnos con un puñado de historias muy bien seleccionadas y que dejan hurgar impunemente con el dedo en la llaga. Como nadie piensa restallar esas heridas creo que debo responder con un "No" rotundo a tu pregunta que no es pregunta, sino afirmación. ¿O me equivoco, Bart?
Metáforas mías aparte, es un placer leerte, amigo Bartleby.
Recibe mi abrazo,
Puri.
Siempre es un placer leer tu blog.
Tus incursiones por mis pequeños textos me agradan. Gracias.
Un abrazo.
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