16 de agosto de 2006

El periodista como forense en Cándido.

(Antonio López, "El teléfono", 1963, Fundación Telefónica)

¿Puede ser el periodista forense o notario? Si el periodista levanta fe pública -incontestable por lo veraz del consenso que acredita- de los hechos, o los disecciona en la autopsia del suceso histórico como pretensión de objetividad, el periodismo en su condición subjetiva, creadora de verosimilitud, transformadora de los hechos, desaparece. Desaparece la aportación de significado que representa el periodismo.

Hay una tan interesante como imposible voluntad del
periodista Cándido
en aparecer como forense ante el cadáver de hechos históricos trascendentales: “Por un proceso de alquimia o transmutación histórica sin precedentes que yo conozca, la lucha final de esas familias [del Régimen] y su babélica dispersión ocurrió en el seno de UCD, cuando Franco ya había muerto convertido en una pieza más de un artilugio mecánico... La sombría necesidad de despedazar al padre fue satisfecha en Adolfo Suárez. Esto no es el juicio político de un periodista sino el informe clínico de un forense. Los matices serán políticos y eso es lo que está a flor de conciencia y se recuerda, pero el nudo de la conciencia es freudiano. (...)” (‘Memorias prohibidas’) Pero tras esa pretensión de objetividad también se muestra una poética intención de diagnóstico histórico, una voluntad de trascender el ruido informativo de la época. Cándido fue un fabricante infatigable de significados públicos e históricos, por lo que el reclamo de su juicio como informe clínico de un forense hay que interpretarlo como una emotiva licencia periodística.

Y avanzó el signo de modernidad de los tiempos que se avecinan: “Por entonces [1969-1970, periodo en que subdirigió la revista] ya está cuajada en Índice la consigna de “menos ideología y más política” al servicio de un pragmatismo informativo más inteligible por las mayorías, lo que supone también una determinación comercial, y también porque los acontecimientos se sucedían cada vez más rápidamente y era necesario una mayor agilidad, una agilidad periodística. (...) Son éstos los últimos años en que Índice sale inequívocamente, a pesar de las contradicciones, por los principios de izquierda.”

Si se hubiera hecho en su tiempo una foto en huecograbado a este párrafo aún vigente, habrían salido los políticos y periodistas –la clase informativa del momento- agolpados en el quirófano y operándose de la identidad. Hoy se va sustituyendo ese ya viejo lema de ocasión por ‘Menos ideología, menos política, más soluciones a los problemas de los ciudadanos’, como si el diagnóstico y el tratamiento prescrito no fueran políticos. La muerte de la política como triunfo fatal de la ideología.

Dejemos que sea el propio Cándido, ya enfermo, el que se despida con su estética de racionalista tan escéptico como entusiasta, de creyente en el Estado y crítico impenitente de su realidad: “Diré que creo en el Estado como conformación de la sociedad y asimismo creo en las grandes utopías que buscaron las dimensiones perdidas del hombre. Aquellas utopías, desde Campanella, a Bacon, a Tomás Moro, a Platón, que buscaron la forma más perfecta de organización del “convivium” humano. Por desgracia, utopía significa lo que no existe en ningún sitio. Mientras tanto este sitio aparezca, la entidad más real y perfectible es el Estado. Su estricta definición indica coacción, pero la experiencia nos dice que sin coacción no hay asentimiento. La meta es que el asentimiento y el sentido civil reduzca espontáneamente la coacción. Y la pregunta amarga es la de qué nos ha servido los Estados y el derecho Internacional a los hombres del siglo XX. Mi brindis por el Estado conlleva la seguridad y la esperanza de que los hombres del siglo XXI lo hagan mejor.” (Discurso pronunciado en la imposición de la Gran Cruz del Mérito Civil)

En el acto de imposición del oropel, la banda le queda tan ancha, tan ajena como la vida. La cortesía como forma de organización de la convivencia –ese Estado que reclama- es el último refugio de la lucidez.

(Acto de imposición de la Gran Cruz de la Orden del Mérito Civil, 6 de abril de 2006. Cortesía de El Quicio de la Mancebía)