7 de julio de 2006

Callar libremente (Sándor Márai, I)

(James Rosenquist, 'Tumbleweed', 1963–66)

La patria no es la lengua sino la convivencia definida por la posibilidad de expresarse y callar libremente. No los valores improvisados por leyes nuevas, sino las costumbres que han quedado como sedimento heterogéneo de las experiencias y relaciones personales practicadas durante siglos. Que son las vigentes. Cuando el clima político de un país lleva a la abstención de sus ciudadanos, el silencio no es libre porque deja de ser una actuación pública con significado político. La palabra política ha sido entonces arrendada por el gobernante, por lo que sólo quedan dos salidas, el exilio en una dictadura o recuperarla en una democracia mediante el discurso que significa la acción colectiva o la individual en público. Cuando el silencio es dimisión ciudadana inducida por el príncipe hay que irse definitivamente de los mitos que nos deja como refugio, lengua, territorio, identidad colectiva. Cuando el sentimiento se ha convertido en un acto reflejo, en la consigna de la emoción, hay que irse definitivamente de los estímulos que nos provocan esas reacciones primarias y que nos impiden sentir. Cuando la inflación de valores oficiales como la solidaridad, igualdad, paz y participación ha devaluado hasta la calderilla el deseo de quererlos y sustituido por la necesidad de tenerlos, hay que abandonar el silencio para recuperar la misma posibilidad de sentirlos como impulsos de convivencia.

Sándor Márai regresa apresuradamente a Hungría desde Francia porque siente la necesidad de vivir y escribir en su lengua, única y limitada a su país. Al volver, en 1948, no es la censura ni la colonización comunista las que lo expulsan, sino la prohibición de callar libremente, de que su silencio no sea interpretado como defunción intelectual y espiritual. En primer lugar, por él mismo. No le queda siquiera el exilio interior porque sería estéril.

Dice: “Yo había regresado a mi país con mucha prisa porque quería vivir en el ámbito de la lengua húngara. Había aceptado la idea de que –por un periodo indeterminado, quizá muy largo- no existiría para mí un ambiente apropiado para dirigirme al público. Ya no publicaba en los periódicos ni en las revistas. No echaba de menos la profesión periodística (me había ganado el pan de cada día con ese oficio durante varias décadas, pero en realidad nunca lo había disfrutado), pero sí la posibilidad de escribir algo en los periódicos y revistas. Echaba en falta la cercanía mágica que brinda la oportunidad –en las páginas de un periódico, en la dimensión de esa eternidad de veinticuatro horas- de contar al lector, de manera inmediata, la idea, la chispa juguetona o la observación lírica que inquietan al escritor en un instante determinado. Hay escritores que desprecian el género periodístico. Lo que quieren decir se lo guardan para sus libros o para revistas de tirada limitada, dirigidas a un público selecto: hablan a sus fieles desde la posición de un sacerdote o un chamán. Los parnasianos y los puristas necesitan un ambiente aséptico para escribir, un ambiente estéril llegue al lector estéril en un estado esterilizado.”

Procurarse esa cercanía mágica que brinda la oportunidad de contar al vecino un discurso común para influir en lo público, es tarea en la que se puede embarcar CdC este fin de semana. Dejar la queja estéril en la taberna, colgada en su cartel de prohibido escupir, para rastrear la calle.

3 Comentarios:

Anonymous Sr. Verle escribió...

Bart: Espero su crónica del acto, o mejor su valoración. Un saludo.

9:36 a. m.  
Anonymous Anónimo escribió...

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5:39 a. m.  
Anonymous Anónimo escribió...

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3:08 p. m.  

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