8 de septiembre de 2006

Memoria de un pobre


Mi familia era tan pobre que no pudo ser antifranquista hasta que tuvimos televisor a color. Para comprarlo hubo que empeñar la memoria en el Monte de Piedad pero valía la pena empezar a tener pasado. Y encima, sentir el mismo que los vecinos, que eran propietarios de recuerdos y no inquilinos de memorias ajenas como nosotros. Hasta entonces sólo recuerdo las alegrías que nos daba el cupón-regalo y escuchar en la radio ‘Quince años tiene mi amor’, esa canción ahora prohibida, aunque le valiera a mi hermana casarse de penalty. Ése fue el momento más feliz de su vida, aunque ahora le dicen que es ilegal lo que hizo, que no son edades de fornicar ni menos de procrear. Pero todo cambia y hace unos días se enteró que en un estado del bienestar de moda en España, llamado Islandia, es costumbre esas tempranías. Le ha dicho a su hija, que está en la edad, que se tiña de platino y hable raro, por ver si escapa a los requiebros del instituto de la mujer. El caso es que la vida de mi hermana fue muy perra desde que se inauguró con el Dúo Dinámico, que luego la bestia de su marido la dejo hecha una estadística de inauguración cultural.

(Sigfrido De Guzman, "Sin título, 1972")

Mi familia achaca todo lo malo a la televisión a color, por ignorante además de pobre, que cuando el cupón-regalo éramos felices y, a falta de perseguidos, conseguimos vajilla. Yo les digo que estos reportajes de memoria recobrada que vemos a color es lo mismo que el cupón-regalo (aunque en triste, es verdad) porque nos dan recuerdos a plazos y cuando completas la cartilla ya puedes pensar y sentirte orgulloso de lo que no eras. Y encima presumir, quedar bien y poder enamorarte a edad legal. Pero mi padre dice que no, que esto de la tele de ahora él ya vio lo que iba a ser en un sobre de azucarillo del bar donde trabaja, que decía: “Cuántos hombres se precipitan hacia la luz, no para ver mejor sino para brillar.” (Nietzsche) Recuerdo cuando trajo todo contento el hallazgo, en medio de un capítulo del ‘Cuéntame’, el de la sentada vecinal ante los grises, que es la versión de nuestro salir a la fresca pero en heroico. Él coleccionaba esos azucarillos con paciencia de generaciones, por darnos una educación y luego no teníamos tiempo de leerlos porque estábamos recobrando memoria pegados a la tele. Éramos tan pobres que no teníamos ni tiempo de hacer caso a nuestro padre. Ése será el único recuerdo que nos quedará de mayores, el cariño con que nos traía los papelitos de sabiduría volante y su secreta y vana esperanza de desasnarnos con ellos.

Pero a falta de lustre en la familia y con el tiempo mi hermano hizo fortuna y fue tan rico que no sabía la identidad sexual que quería. Digo yo que en el fondo seguía siendo tan pobre que no es que no supiera lo que quería sino que no quería lo poco que sabía. El caso es que hoy la única añoranza que tenemos es la vajilla del cupón-regalo, las canciones alegres y los sobrecitos, lo que fuimos. Lo demás son recuerdos postizos.

4 Comentarios:

Anonymous Oliveira escribió...

Aunque sea una historia inventada me ha recordado sucesos de mi niñez que ocurrieron en mi pueblo. Todos los vecinos llevábamos una vida parecida y la solidaridad entre nsotros se rompió al llegar la televisión en los años 60.
Emotivo además de irónico su comentario.
Saludos desde Galicia, Oliveira.

11:51 a. m.  
Anonymous La novia de Oliveira escribió...

Siempre le digo a mi novio, el que antes ha escrito aquí, que cuando llegaron las primeras televisiones al pueblo los vecinos las veíamos juntos, siguiendo la costumbre de hacer las cosas juntos. Todo eso se rompió en los 70 cuando cada uno tuvo su televisor y se encerró en su casa a tener vida privada.
La novia de Oliveira.

11:55 a. m.  
Anonymous ALICIA ROSELL escribió...

He leído detenidamente este post, Bart. Dice Oliveira que es inventado, no sé yo... La historia me suena a recuerdos entrañables de una época inolvidable -en toda la extensión de la palabra- y si te soy sincera, llena de sensibilidad. Es la nostalgia, y aunque los tiempos cambien, ¿y no sean ni mejores ni peores?, fueron momentos nuestros.

Yo también viví esos días, por eso el relato me llega al corazón. Hermoso este rescate que haces de la memoria individual ;-) que pertenece a todos.

Yo tuve tele en 1974 y la de color no llegó a mi casa hasta 1984. Datos así dicen mucho de servidora, que Verdad sólo hay una, por mucho que algunos se empeñen en darle vueltas a la tortilla.

¡Feliz domingo! Muy acertado mi cambio de look en tu blog, gracias infinitas, Bart. Ya te digo, estoy contenta.
Permíteme que te envíe un beso, los saludos se van quedando cortos.

Alicia, "El Blog de una Escritora", esa soy ahora. ¡Qué bonito suena, Bart!

3:14 p. m.  
Blogger Librepensadores escribió...

Oliveira: Alicia se acerca en su intuición, aunque no es tan real como piensa.
Alicia: Hablando de realidades (y entrañables) "El Blog de una Escritora" no es más que una realidad que reconozco y difundo para general disfrute del personal.
Lo de la tele a color era una metáfora, la necesidad de fijar un hito en la operación atraco al recuerdo personal (por otra parte, tan antigua como la tos)
Saludos, Bart.

7:24 p. m.  

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