9 de marzo de 2006

El Día de la Viuda

(Necrológica)


La viuda celebra siempre su día una fecha después del Gran Día Oficial, dado su papel secundario en la función. Se queda mirando los desfiles de cartón tras los visillos y buscando algún fausto al que ofrecerle su soledad por un plato de cuotas. Vuelve a la mesa camilla sabiendo que no hay paridad que le quite la noche sola. Ni las que le quedan.

La viuda debe su condición de superviviente a una discriminación genética poco celebrada. Esos años de más son enseguida contestados por pistoleros ágiles de voz afónica: ‘con peor calidad, oiga, con peor calidad’ Y disparan el rosario bien engarzado de opresiones hasta hacerte desear el refugio del brasero de la viuda.

Durante años los conductistas de la vejez impusieron que la mayor esperanza de vida de la mujer se debía a que trabajaba mayoritariamente en casa. Uff, la que le esperaba cuando saliera al raso. En España la mujer vive 5,6 años más que el hombre, es decir, un 7,25% más de vida, por decirlo al estilo ‘40% salario’ y quedar como un rey. Pero la persistencia, contra modernidad y jornal, de esos años de propina en aquellos países donde llevan más tiempo trabajando fuera de casa, 5,1 años de diferencia, desmonta el artilugio y obliga a meter la cabeza en la calidad de vida, oiga. Por cierto, que los hombres suecos y españoles son los que disfrutan de mayor esperanza de vida entre todos los europeos, y por eso han de ser los más previsores, como los de la carta de ayer.

Ese 7,25% de regalo biológico es un dato aislado –insignificante si fuera estadístico y no litúrgico, como es en realidad- que el descaro de los correctos convierte en canon, haciendo serio el viejo chiste de que el plural de anécdota es base de datos. Ahora tal base se amplía a categoría que exige el rápido montaje del andamio oficial que repare la injusticia demostrada por el número. La mención a la estadística es vudú que hace aparecer ejércitos subvencionados que colonizan en una tarde los últimos resquicios del alma. No cabe recurso contra el dato que se blande como espada justiciera, salvo el capricho, lo que tacharían como capricho de objetor de guardia los porteros de lo correcto. Entonces, justo entonces, en pleno avance de esas apisonadoras aritméticas, el capricho es el individuo entero.

¿Cabría alguna solución a la vida sola de la viuda que no fuera la expeditiva de la eutanasia femenina? Cabría, por ejemplo, que el legislador de progenitores alfabéticos legalizará esta noche la poligamia para la vejez. Pero tampoco eso resolvería la densa e irremisible soledad de la viuda. Una vida que es una sonora bofetada a los estraperlistas de cupos. Un sopapo a la estupidez.

Qué vida le queda a la viuda, viendo las cuotas pasar.