Parar, templar y mandar.
(Cartel taurino de la temporada 2007
en la Maestranza: la lidia clandestina)
Una de las grandes lecciones que siempre ofrecieron los toros fue su guía resumida de vida: parar, templar y mandar. Es una enseñanza moral: la vida como riesgo consecuente con la decisión de afrontarla; la vida como responsabilidad personal, es decir, como impulso de libertad hecho realidad. Frente al lema gubernamental de pasar, tensar y candar, el mandato taurino te hacía rey por una tarde, actor por una temporada, siempre mejor que lacayo de por vida. El nirvana del correcto, pasar de la responsabilidad, tensar al tendido y candar el tiempo, es justo lo contrario que parar el riesgo, templar su lidia y mandar sobre el tiempo y el sujeto de la muerte.
Dice Mario Cabré, de cuando el toreo era parte de la costumbre:
-Toreábamos en Las Arenas y como yo no quería que en mi casa se enterasen me fui a vestir de torero a casa de un amigo y vestido con el traje alquilado fui hasta la plaza en tranvía.
-¿Y qué le decía la gente?
-Nada. ¿Por qué me iba a decir algo la gente?
-No me dirá usted que antes de la guerra era normal ver en los tranvías gente vestida de torero.
-Qué poco sabe usted de la vida, joven. (El País, 24 dic. 2006)
Y tanto que saben de la vida, Mario, de la nuestra. La solución Godoy de la ministra Narbona a la vida es de éxito fácil: la prohibición de la muerte y la celebración de la vida regulada, segura. Es una solución aséptica porque la asepsia es la garantía del triunfo de los sumisos. Aparta tus sucias manos de la vida: corres peligro. Contra el tiempo taurino dividido en tercios, como la propia vida, el tiempo uniforme y gestionado por el poder. Contra el tercio de varas, rejones de ventosa. El socialismo es adhesivo, una sustancia que se interpone entre la vida y su titular para ofrecértela domesticada. Un ladrido controlado por un gobierno de porteros que sabe muy bien su cometido: mantener la escalera libre de sangre.
(Cartel publicitario de la empresa aeronáutica C.A.S.A, de cuando se creía en la fusión entre tradición y progreso)

Simbología tajante, del cartel taurino dejo dicho Eugenio D’Ors que era un grito pegado a la pared. Del propio ruedo, dijo Pepe Luis Vázquez, cuando le querían ofrecer un almuerzo de homenaje en la misma arena: “Ahí ha habido mucho triunfo, mucho fracaso y mucha sangre como para sentarse a almorzar” (recogido por Antonio Burgos en “El cartel del tebeo”). La lidia se retira discretamente, sin nostalgia de su arte ni presumir siquiera por haber sido motivo de inspiración para ilustrados (las tauromaquias de Antonio Carnicero y Goya). Sentenciada su crueldad por el remilgo interesado, queda como vestigio de una época de pensamiento fuerte. Prohibida su imagen, que es prohibir su eco -“cuando vas a torear a Barcelona no se ve un cartel en toda la ciudad”, Enrique Ponce, a propósito del cierre de la Monumental-, asume ese destino fatal que le atribuía Rafael ‘El Gallo’: “Las broncas se las lleva el viento; las cornadas se las queda uno.”
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